En una noche oscura y tormentosa
- Pemeco

- 25 oct 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 12 dic 2025
La oscuridad de la noche hacía más pavoroso el ruido ensordecedor de los truenos. El resplandor de cada rayo creaba un escenario tétrico bajo el aguacero de las calles de ese pequeño pueblo en Argentina, ubicado muy lejos de todo en la provincia de Santa Fe, que descansa junto al río Paraná.
Casi impetuosamente me zambullí una vez más en el camperón de cuero de mi abuelo Fermín, ese que trajo de su amada tierra aragonesa. Así, calzado en sus botas de caña alta me lancé al lodazal de las desiertas calles de tierra del pueblo, rumbo al río, en la seguridad que esas botas se deslizarían mágicamente a cualquier lugar y por cualquier tiempo. Esas botas que mi “Yayo” (modo de decir abuelo en la Comunidad de Aragón), llamaba: “De las Siete Leguas”.
En cada temporal se repite siempre la misma escena:
¿Qué sentido me mueve a ese extraño comportamiento??.
¿Qué razón encierra ese irrefrenable impulso que aún me lleva a sumergirme en cada tormenta??.
Mi historia empieza cuando mi abuelo Fermín, después de ver morir a su mujer, hermanos e hijos en la cruenta Guerra Civil Española, con escaso equipaje viajó desde Aragón hasta el Puerto de La Coruña, donde embarcó con Gema, quien quedó como su única hija de 15 años. Gemita la llamaba mi “Yayo”. A sus ojos siempre fue una niña.
Allí una añosa fragata estaba presta a zarpar llevando a todo ser deseoso de escapar de aquel infierno que olía a pólvora y sangre, con rumbo a esa tierra prometida, en la esperanza de empezar una nueva vida y hacerse: “La América”.
Los tripulantes y pasajeros de aquella fragata sortearon momentos muy duros en alta mar, finalmente a fuerza de plegarias; por milagro divino, cruzó el océano.
Todo ser humano de esa embarcación esperaba llegar para empezar la nueva vida. Mi madre se anticipó a todos. Ella creó una nueva vida a bordo: La mía.
En mis primeros años el amor y energía de un padre lo sentí en mi “Yayo”, ya que nunca conocí a mi padre biológico.
Finalmente, como resultado de mi insistencia en conocer mis orígenes, una serena noche, bajo las estrellas, mi madre me contó.
Su relato comenzó describiendo lo ocurrido en esa añosa fragata. Era una noche tormentosa. Ella estaba aterrada viendo cómo olas que superaban los 15 metros sacudían y bañaban la cubierta de ese barco.
Ella ahí, sin poder llegar a los camarotes quedó abrazada a uno de los mástiles y entre llantos y súplicas, sintió unos fuertes brazos de un joven marinero que en alta y serena voz le dijo: -No temas, no dejaré que nada malo te suceda-. Y así fue que ella sintió serena paz y se dejó llevar.
Mi madre, de repente se vio dentro de una de las lanchas de salvataje cubierta con una gruesa lona, que se mecía ruidosamente en ganchos de hierro.
Ya no se veían las olas y el sonido dejó de ser pavoroso. En ese contexto, guiada por ese joven marinero y como si hubiese ocurrido en una serena noche, fui concebido.
Al arribar al puerto de Buenos Aires mi abuelo y mi madre fueron guiados, como todos los llegados de Europa, al Hotel de los Inmigrantes ubicado en lo que hoy se conoce como Puerto Madero, al borde de la ciudad. Allí todas las tardes, sin poder salir de las inmediaciones del hotel, mi madre era visitada por ese marinero valenciano de nombre Jordi.
Pasaron semanas donde trámites y empadronamientos la obligaban a permanecer en el hotel. Todo ese tiempo mi madre me contó de ese amor que los rodeaba. Amor que no tenía límites de espacio, ni de tiempo y cada día era distinto.
Llegó el día en que la fragata debía volver a España a buscar más de sus compatriotas. Fue cuando Jordi dijo: -Gema, mi vida será en estas tierras, junto a ti y a los hijos que tendremos. Iré a España a despedirme de mis padres y hermanos y volveré en la primera embarcación con destino a Argentina.
Mi madre aún conserva ese pañuelo persa que mi padre tenía de uno de sus viajes, el mismo con el que secó sus lágrimas el día que zarpó la fragata rumbo a alta mar.
Las noticias llegan, tarde o temprano siempre llegan.
En el viaje de regreso a la madre patria, la añosa fragata en otra tormenta como aquella de mi concepción no repitió el milagro y la vieja embarcación fue llevada al fondo del mar. Y con ella llevó también el sueño de un joven marinero que sin saberlo iba a ser padre de un hijo de su amada Gema.
Me llamo Jorge (Jordi, en valenciano). En cada tormenta siento que mi corazón grita por un amor de padre que tampoco tiene límites. He aquí mi hipotética teoría, que para mí no es hipotética, ni es teoría. Es energía y clamor de genes que reviven en cada noche oscura y tormentosa.


Me emocioné con la historia Padre.
Seguí escribiendo porfa.
Te amo.
Tu hijo.