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La llorona


Los cuentos que me contaba mamá        episodio: 2


Esa introducción que, de alguna manera también es cuento, está dando paso a los otros, a los verdaderos, a los que ella sí me contaba, por ejemplo, cuando encarnaba a <<la llorona>>. Y aquí vale aclarar que no se trata del espectro de la llorona mejicana, sino de ella misma. Porque así le decían de niña, y como tal, se ha reconocido, con el paso del tiempo, mi madre. Cuando creció dejó de llorar, al menos a la vista, al menos hacia afuera.

Su relato autorreferencial comienza con ella llorando y llorando, desconsoladamente, mucho y siempre; pero más fuerte cuando escuchaba que otro andaba por allí, porque, aunque se escondiera en el hueco, el fin último del llanto era ser oído.

El hueco era un espacio muy pequeño al que solo entraba un adulto de perfil y que había quedado entre el tapial y la pieza que habían construido los muchachos, sus hermanos, para contar con una habitación propia. Ese angosto pasadizo era el refugio perfecto para un niño, su acceso era difícil y quedaba en uno de los extremos de la casa.

Supongo yo que, los adultos no se preocuparían demasiado que ella o alguno de los más chicos estuviera allí, porque el hueco estaba dentro de la casa, y estar allí, aún en el peor de los escenarios no implicaba peligro, ya que el tapial era alto y no podía entrar ningún extraño. Adivino, asomándome al túnel del tiempo, a mi abuela pensando que, si alguno de los críos(1) deseaba llorar o esconderse, pues nadie se lo iba a impedir, »que los adultos ya tenemos demasiado que hacer »

De cualquier modo, por género o carácter, la única que podía perderse las horas llorando allí era mi madre. Uno de esos días en que la letanía se prolongaba demasiado, y los muchachos ya habían vuelto del trabajo, el mayor, se conmovió y acudió a rescatar a la llorona. Esa vez acercándose a la hora del almuerzo todavía no había podido hacerla cambiar de parecer la amenaza de su hermana, ni la invitación a que lo acompañe de su hermano menor. Pero la llave de la vuelta a la vida, no era tan compleja. Nadie le fue a pedir que no llore. Ni a preguntarle el porqué de su lamento.

Simplemente él se acercó y le dijo: »mirá, si vos me lustrás los zapatos, yo te doy veinte centavos, y vos hacés lo que querés con esa plata(2)»  Fueron palabras mágicas. La atención, y la energía, pasaron al nuevo proyecto y ya nadie se acordaba más del motivo del llanto.

Quizás la tentación de ese premio abierto a las fantasías y los deseos de una niña, habían roto la brecha de la incomprensión. Quizás la creatividad del hermano la rescató de su propio castigo. Quizás a alguien se le ocurriera pensar en el poder del dinero. Quizás el bien más preciado y escaso, en la familia, no era el dinero, sino la atención de alguien, porque sí, sin motivo, sin merecerlo...

Tan movilizadora fue esta circunstancia que quedó marcada en la memoria de mi madre durante décadas y después de cumplida la novena, se acuñó día tras día, como si esa moneda, o lo que ella simbolizaba, le hubiera salvado la vida. Escapa a la memoria y al relato, el momento en que lustró los zapatos, pero sí fue seguro que el pago se efectuó.

Sin embargo, como en casi todos los recuerdos de la llorona, el final no fue de colorín colorado, porque no pudo comprar nada.

No la dejaron siquiera decidir qué era lo que quería, ni averiguar para qué le alcanzaba esa moneda, no pudo. Lo curioso es que esto no fue por maldad, sino todo lo contrario.

Su madre (mi abuela) creyó, como creían en aquel momento muchos inmigrantes o hijos de inmigrantes, que el ahorro es la base de la fortuna y que el dinero solo sirve para comprar cosas fundamentales. No fue una propuesta conversable: su madre dispuso colocar los veinte centavos en una caja de ahorro a su nombre, para tenerlos cuando fuera grande(3), para utilizarlos en algo importante y mientras tanto producirían intereses...

Cualquiera que vivió en nuestro país(4), ya imagina que eso no fue así. Ni una sola de las opciones resultó beneficiosa. Con el paso de no mucho tiempo, el peso(5) se devaluó, la plata se esfumó. Ni en ese momento ni nunca usó esos veinte centavos para comprarse lo que ella hubiera querido o, aunque más no fuera, algo que su madre considerara importante. La responsabilidad y austeridad eran sinónimo de fuente de grandeza, pero en su tragicómico adaptarse a la realidad argentina, mi abuela no logró vislumbrar que aquí eso no funcionaba así.

Y la llorona, noventaipico años(6) después siguió llorando, ya sin lágrimas, pero con el pecho compungido por esos veinte centavos que no pudo disfrutar. Quizás repicando en otras monedas o billetes que por ese mandato familiar ella misma jamás se permitió gastar porque sí.

 Por estos tiempos, las endurecidas articulaciones de sus falanges de más de cien años de edad, siguen apretando un puño que podría encerrar una moneda de 20 centavos, pero no encierra nada.

Glosario:

(1)       Niño/niña, de corta edad. Criatura

(2)       Dinero

(3)       Ser mayor

(4)       Argentina

(5)       Moneda local

(6)       Noventa y tantos años

 




Y aquí estoy yo, utilizando mis veinte centavos de crédito para, entre otras cosas, intentar sanar la historia, no repetir lo mismo, e inspirarte para que no te pase a vos tampoco.

Esta nueva historia se sitúa también en la casa de la infancia de mi madre. La cocina quedaba atrás, luego de la hilera de piezas que hacían de dormitorios y que daban a una galería.  Más atrás aún, todavía estaba la casilla como llamaban a la habitación de madera que habían mudado recientemente los varones y luego un poco de terreno. 

Pero regresemos a la cocina, una sencilla pero cálida habitación que ese día era escenario de los trajines en las horas previas a la cena. Mi abuela ya había buscado algunos palitos de leña seca para encender la cocina económica con vistas a cocinar una buena parva(7) de carne para toda la prole(8); antes ya había cortado la carne en un espesor más bien fino, para que resultara más rentable y machacado cada bife(9) para que resultara más tierno. 

El ordenamiento familiar, por aquel entonces sería más o menos así:  los muchachos trabajaban afuera, varios de ellos en el ferrocarril, todos ellos contribuían con su aporte en dinero, y tenían, por así decirlo, mayores requerimientos nutricionales, por no decir que llegaban muertos de hambre; mi tía ayudaba en los quehaceres domésticos a su madre o los reemplazaba a la perfección cuando aquella estaba enferma y los tres más chicos andaban por aquí y allá y, de acuerdo a su edad, ayudaban en algunos quehaceres o por lo menos tenían como principal misión no molestar o interrumpir a los mayores.

En aquel momento el fuego estaba a punto y se empezaba a escuchar como los bifes estrellaban su chirriar uno a uno sobre la plancha de la cocina; el olor era como un perfume mágico que atraía a quien estuviera en derredor y mi madre estaba acompañando el ritual desde algún rincón.

Habían pasado varias horas desde el almuerzo y el apetito se le despertó súbita y ferozmente; se dio cuenta que el agua le inundaba la boca y venció la timidez de siempre pidiendo un anticipo. Madre germana y estricta al fin (mi abuela) le respondió que no, que debía esperar como los demás. Lágrimas en los ojos, de hambre y de vergüenza y una voz quejumbrosa de niñita que volvía a repetir una y otra vez:  »quiero un bife!!!»  pero el bife no llegó, en ninguna de las versiones imaginables, mientras el cansancio de todo el día la fue sumiendo en una siesta imprevista.

Algún rato después, ya estaba toda la familia reunida alrededor de la mesa para tomar la cena cuando alguien se dio cuenta que faltaba mi madre. La suya habrá supuesto que tal vez estuviera ofendida por la falta de atención. Mandó a los hermanos a buscarla, a todos los rincones donde solía esconderse: al “hueco” donde tantas veces interpretaba su llanto, a su cama en el dormitorio compartido por las mujeres, al patio, pero no estaba por ningún lado. Por último, uno de los muchachos retiró la mesa de la cocina ya ventilada para eliminar el humo y allí estaba tendida en el banco largo contra la pared, durmiendo su hambre, Lengen(10)

 

Glosario:

(7)   Pila, montón o cantidad grande de algo [RAE, 5ª acepción]

(8)  Así se nombraba comúnmente a los hijos de las familias numerosas, el término sonaba    despectivo según su procedencia (deriva de proletariado)

(9)  Filete, bistec

(10) “Lengen” diminutivo de “Elena” (Elenita) en idioma alemán, como llamaban familiarmente a mi madre.

 
 
 

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