Los cuentos que me contaba mamá
- Jorgelina Hazebrouck Althaus

- hace 6 horas
- 4 min de lectura
Cuando comencé a escribir los cuentos, había tanto para decir que llené hojas y hojas de palabras, no quería que se me perdiera un detalle y a su vez me daba cuenta que muchas cuestiones necesitaban sus propias explicaciones para captar esa gracia, que me parecía que tenían los relatos cuando los escuchaba de mi madre.
Me hace feliz que en el intento de rescatar sus historias me he encontrado descubriendo un perfil diferente de mi madre, poniéndome en sus zapatos y construyendo mis propios aprendizajes, para poder amarla todo lo necesario.
Algunas anécdotas se recrearon con mis propios rellenos, sin las certezas del marco real y por supuesto, voluntaria o involuntariamente, han pasado por el tamiz de mis propias emociones. Me doy por satisfecha con la idea de transmitir más sensaciones que realidades, impresiones que seguramente dejaron su marca en ella, en mí y tal vez se reflejen en quien se sienta invitado a esta lectura.
Episodio 1:
LA NENA LLORABA
Mis recuerdos de infancia son felices. Las cantidades de fotos que mi padre me tomaba, ya sea por mi docilidad de ser la menor o por algún perfil narcisista, lo atestiguan.
Aunque nací el año que mi madre cumplía cuarenta y seis años, ella siempre me contó que mi parto había sido el mejor. Después de haber sufrido literalmente en cada una de las oportunidades anteriores, especialmente con los dos hermanos que no alcanzaron a vivir en este mundo, al fin había encontrado la contención necesaria: un curso de prácticas de relajación y ejercicios, y siempre lo contaba como una reivindicación.
Eso me hacía sentir como una especie de heroína que la había salvado vaya a saber uno de qué y que por lo tanto dejaba sin efecto la cuestión de la diferencia importante de edad con mis hermanos. Me recuerdo feliz, muchas veces divirtiéndome sola, en un mundo de muñecas que jugaban a ser mí, y libros, que en caso que no me atrajeran para leer, los inventariaba para jugar a la librería.
Me cuesta mucho recordar momentos tristes y en ellos siempre tengo la inclinación por intentar consolar a los demás, como si los verdaderos sufrientes hubieran sido siempre los demás. Una vez me preguntaron ¿Qué fue lo peor que recuerdas de tu infancia? Y me costó muchísimo responder, porque aún lo malo, nunca fue tan malo como lo que se ve en los noticieros o en las catástrofes. Hasta me contentaba acompañar a mi padre a misa o al cementerio, porque era algo bueno hacerlo por él; o me encargaba de limpiar el baño, porque ya que había que limpiar, que fuera con agua, era mejor que otra cosa.
Agradezco a mi madre haberme permitido ensayar mis modelos con la máquina de coser de la abuela o a dar los primeros pasos en el tejido, del cual no seré experta, pero considero una de las herramientas terapéuticas más valiosas que encontré, a todo nivel de comparación. Lo que me dieron fue suficiente. Lo agradezco de corazón. Pero también es cierto que he borrado muchos recuerdos que a veces afloran involuntaria y quizá irracionalmente.
La siguiente historia me tiene por protagonista, no la hubiera reconocido como propia, si no hubiera sido porque me la contó mi madre. No es una de esas que repitió a lo largo de toda su vida, sino de las que surgieron verbalmente en su vejez, quizás con algún fin sanador o tal vez, intuitivamente, para dejarme las herramientas necesarias para que yo luche con mis propios fantasmas. Y aquí estoy, un poco perdida, porque estoy intentando contar uno de los cuentos que me contó mamá, pero aún nombrándome ella en tercera persona, conmigo como protagonista y también destinataria del relato, como si fueran dos personas y no una.
Þ Vivíamos todavía en la calle Arévalo y mientras la nena dormía, yo tenía los alumnos de inglés. Pero a veces la nena se despertaba y lloraba. Y yo moría de vergüenza. Los alumnos escuchaban los gritos, aunque yo cerraba la puerta. A veces me la llevaba a la falda y daba clases así. Así se conformaba. . .
Þ Eran épocas duras, tu papá trabajaba desde la mañana y no venía hasta la tardecita, además cada vez que tenía que acompañar a tu hermana al colectivo(*), la tenía que dejar sola. . . - Alguna vez la interrumpí para preguntarle: ¿a quién dejabas sola? – A la nena. . . Y la nena ¿era yo?, como dándole la única respuesta factible, pero que ella no se animaba a decirlo directamente – Si claro. . . me respondía, no sin dejar algún lugar a sus dudas, para continuar nombrándome en tercera en lugar de segunda persona.
Þ Cuando volvía, cada vez, ¡la nena era un mar de llantos! Y yo tenía que acompañar a tu hermana, era chiquita para ir sola y había que cruzar la calle Córdoba, vos eras bebé. Entonces un día te hablé directamente, sin saber si me entendías y te dije: yo no te voy a abandonar, voy a ir y volver, pero prométeme que me vas a esperar sin llorar. – Y ese día volví y no había llantos. Y me dijiste orgullosa - ¡viste que no lloré! Y yo al escucharte pensé: vi, mejor dicho, oí, que pudiste hablarme a mí.
Y a mí me sirvió, gracias mamá por contarme esa historia. Ya veré como hago contacto profundo con ella a la hora de sanar mis propios miedos.
(*) Transporte público. Autobús



Comentarios