Túnez: el viaje que empezó con un sobresalto
El avión llegó al aeropuerto de Túnez con un leve estremecimiento, como si el país entero respirara bajo las ruedas.
Observé el paisaje luminoso desde la ventanilla, sintiendo ese vértigo dulce que acompaña a los viajes en solitario. ¿Qué tal resultarían aquellas vacaciones que iniciaba?
La pregunta me cruzó la mente mientras avanzaba por el pasillo del avión, arrastrando la maleta y una mezcla de ilusión y prudencia.
Había visitado otros países árabes, pero nunca había viajado sola. Sin marido, sin hija, sin nadie que amortiguara los silencios o las decisiones improvisadas.
Aun así, no estaría completamente sola: una amiga de Barcelona llegaría por la tarde y al día siguiente participaríamos juntas en un circuito organizado.
Aquella primera tarde, sin embargo, era solo mía, un espacio abierto a lo inesperado.
Primeras impresiones:
El taxi avanzó por avenidas amplias, bordeadas de edificios blancos que reflejaban el sol como espejos. Túnez me pareció una ciudad vibrante, joven, llena de vida.
Las mujeres llamaron especialmente mi atención: muchas vestían a la europea, con faldas cortas, pantalones ajustados, el cabello suelto; otras, menos numerosas, llevaban pañuelos o caftanes tradicionales.
Aquella convivencia de estilos me pareció fascinante, como si la ciudad viviera entre dos latidos: uno antiguo y otro nuevo.
Al llegar al hotel, el cansancio me golpeó con fuerza.
Había madrugado demasiado y el estómago me molestaba desde hacía horas. Subí a mi habitación, dejé la maleta en un rincón y me tumbé en la cama con la intención de descansar solo un momento.
Me dormí . Cuando abrí los ojos, eran más de las cuatro de la tarde. Mi amiga aún tardaría en llegar.
El paseo que lo cambió todo:
Decidí salir a caminar por los alrededores del hotel, situado en una calle céntrica y bulliciosa.
Me vestí de forma discreta: deportivas, pantalón largo, camiseta y una chaqueta ligera.
Sabía por experiencia que las mujeres extranjeras llamaban la atención en los países árabes, sobre todo si eran rubias. No había forma de pasar desapercibida, pensé, pero aun así lo intenté
Al salir del hotel, en el primer semáforo, un muchacho joven que esperaba para cruzar se dirigió a mi en inglés:
—Hola, trabajo en el hotel. ¿Acaba de llegar a la ciudad? ¿Qué le parece?
Yo respondí con cortesía, aunque sin ganas de conversación. El chico era rubio, de ojos claros, educado y aparentemente inofensivo.
Tendría unos veinte años; Yo ya rondaba los cuarenta y cinco. No parecía que quisiera ligar, pero aun así intentó cortar la charla. Él, sin embargo, siguió caminando a mi lado, hablando de trivialidades mientras avanzaban por una avenida principal.
—Hay una feria de artesanía —comentó de pronto—. ¿Quiere verla?
Antes de que me pudiera negar, ya estábamos entrando en el zoco. El aire olía a especias, cuero y perfumes dulzones.
El muchacho la condujo entre callejuelas estrechas, diciendo que quería saludar a un amigo que vendía fragancias.
El supuesto amigo apareció enseguida, con una sonrisa demasiado amplia. Yo, por compromiso, compré un pequeño frasco de perfume artesanal.
—Bueno, me voy —dijo ella, intentando salir del laberinto.
Pero el joven la tomó del brazo con suavidad y la condujo hacia otra tienda, esta vez de alfombras.
El vendedor se abalanzó sobre mi con entusiasmo comercial.
—No voy a comprar alfombras —dije con firmeza—. Ni nada más.
Fue entonces cuando el muchacho cambió de expresión.
“Entonces, el respetuoso muchacho cambió a ‘chulo’ árabe…”. La sonrisa educada se transformó en una mueca arrogante.
—Si quiere salir de aquí —dijo en voz baja— tendrá que pagarme veinte dólares.
Yo sentí un latigazo de rabia. Si demuestro miedo, se crecerá, pensé. Así que lo miré directamente a los ojos, con una seguridad que quizá no sentía del todo.
—Me vas a sacar ahora mismo —le dije con voz firme— o empiezo a gritar como una loca y llamo a la policía.
Me llevas a la calle principal y allí te doy el dinero.
El muchacho dudó.
Yo era tan alta como él, llevaba deportivas y estaba dispuesta a plantarle cara.
Finalmente, accedió. Caminó delante de mi, nervioso, hasta que por fin salimos del zoco.
El aire libre me pareció un milagro.
Me dirigí a un taxi. Él extendió la mano, reclamando su pago. Saqué un billete de cinco dólares.
—Te conformas con esto —dijo— o te denuncio.
Él soltó una carcajada de superioridad y, como venganza, le dio un cachete rápido y humillante.
Me metí en el taxi de inmediato, furiosa, y le lancé un insulto en español que él no entendió.
El resto del viaje:
Cuando llegué al hotel, mi amiga acababa de llegar.
Le conté la aventura con detalle. Mi amiga se sobrecogió, imaginando lo que podría esperarles a dos mujeres solas en aquel país.
Pero la historia terminó bien. El circuito resultó maravilloso. Hicimos amistad con un matrimonio de la excursión: él era un policía enorme, con aire de personaje de Corto Maltés; ella, una mujer simpática y protectora, también policía.
Con ellos nos sentimos seguras. No tuvimos ningún incidente más, solo los típicos vendedores insistentes que intentan colocar cualquier cosa.
Al final, aquellas vacaciones que empezaron torcidas se convirtieron en una experiencia inolvidable.
Y, como suele ocurrir, el susto inicial quedó relegado a una anécdota más en el álbum de viajes.




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