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La Florida

hace 2 horas
5 min de lectura

(Relatos hilvanados 4)


Mi padre trabajaba como asistente personal del director general de una importante compañía de productos químicos. Aquel hombre —el jefe de mi padre— tenía el saludable hábito de tomarse dos meses de vacaciones cada verano, que pasaba con su familia en una casa cercana a una cala de Manacor, en Mallorca.


Todos los años les pedía a mi padre y a mi madre que cuidaran su residencia de Madrid: un enorme chalet situado en la urbanización La Florida, en el kilómetro 12 de la A-6 —entonces conocida como carretera de La Coruña—. Así que, durante algunos años, los meses de julio y agosto, toda mi familia nos trasladábamos a vivir allí. El chalet tenía un amplio jardín, árboles inmensos y una bonita piscina.


La Florida es una urbanización peculiar, casi un pequeño mundo aparte. Sus calles tienen nombres que siempre me llamaron la atención: Sopelana, Lezama, Algorta, Virgen de Begoña… Años después supe que no era casualidad. Los promotores que la habían levantado a finales de los cuarenta eran vascos, y quisieron bautizar aquel rincón de Madrid con los nombres de los lugares que llevaban en el corazón. Quizá por eso, incluso en pleno verano, La Florida tenía algo de territorio lejano, como si cada calle guardara un pedazo de otra tierra.


Guardo un recuerdo entrañable de aquellos veranos. Jugaba en el jardín con mis hermanos y con algunos primos o amigos que invitábamos a pasar unos días. En la piscina organizábamos competiciones y juegos en los que mi padre reinaba sin discusión. Nadaba de maravilla y siempre se mostraba preocupado porque los distintos grupos de niños que tenía cada día a su cargo aprendieran a nadar; aunque, a pesar de sus esfuerzos y enorme voluntad, jamás conseguimos acercarnos a su depurado y elegante estilo. Aun así, aprendimos lo suficiente para desenvolvernos sin problemas en el agua, que al fin y al cabo era su principal objetivo. En esta faceta, a mi madre siempre la consideró “un caso perdido”, ya que, a pesar de ser natural de Las Palmas de Gran Canaria, la natación no entraba dentro de sus habilidades, por lo que nunca mostró excesivo interés en aprenderla.


El hijo mayor de mis padrinos —al que siempre llamábamos primo—, unos ocho años mayor que yo, no participaba en estas clases de natación porque decía que eran “cosa de niños”, pero la verdad es que no sabía nadar; circunstancia que ocultaba por orgullo o pudor. Mi primo era decidido, valiente y poseía grandes dosis de insensatez. Un día, mientras jugábamos en la piscina, se acercó al borde, se colocó una palangana de plástico en la cabeza y, sin previo aviso, se lanzó a la parte más profunda. Debió pensar que, gracias a alguna ley física aún por descubrir, el barreño crearía un vacío que impediría que el agua le cubriera la cabeza, como efectivamente ocurrió. Por suerte, mi padre estaba cerca y se lanzó de inmediato para sacarlo del agua, antes de que tuviéramos que lamentar una desgracia.


Yo le tenía un gran cariño. Era divertido, entrañable, generoso, algo alocado y siempre dispuesto a ayudar sin esperar nada a cambio. Para ilustrar mejor su manera de ver la vida, contaré un hecho que sucedió años después. Una tarde paseábamos por la calle Narváez de Madrid cuando escuchamos gritos: un carromato bajaba a gran velocidad y totalmente descontrolado por la pendiente de la calle; el caballo estaba desbocado. El carromatero, aterrado, intentaba frenarlo a gritos mientras lo fustigaba, sin éxito.


Sin pensarlo un segundo, mi primo se lanzó al cuello del caballo justo cuando pasaba a nuestra altura. Logró colgarse de él y tirar de la brida con todas sus fuerzas hasta conseguir que el animal humillara la cabeza y frenara su alocada carrera. Cuando el caballo se detuvo, la gente, que había permanecido expectante durante toda la escena, estalló en aplausos y vítores hacia mi primo. No faltaron quienes le reprocharon su temeridad, porque pudo haber acabado muy mal. El carromatero, con el susto todavía reflejado en su rostro y con lágrimas en los ojos, se abrazó a mi primo dándole las gracias, mientras lo besaba y bendecía una y otra vez.


Yo me sentí inmensamente orgulloso y presumía ante quien quisiera escucharme de que era mi primo. Él, con cierta timidez, sonreía a quienes lo felicitaban o le reñían, hasta que me tomó de la mano y me dijo que ya podíamos irnos de allí, y que tampoco era para tanto.


De vuelta a La Florida, una noche después de cenar, paseábamos mi hermano, otro primo (hermano del anterior) y yo por las calles desiertas de aquella enorme urbanización, cuyos chalets se encontraban a gran distancia unos de otros. De pronto, y después de cuchichear entre ellos algo que no alcancé a oír, decidieron gastarme una broma: echaron a correr sin previo aviso gritando: “¡Un perro, un perro!”


Debo aclarar que, siendo muy pequeño, un perro me había mordido en un glúteo, y desde entonces les tenía auténtico pavor. Ellos lo sabían. No miré atrás ni escuché ladrido alguno. Simplemente eché a correr, aterrado, convencido de que, al ser el más lento de los tres, el supuesto perro me alcanzaría a mí.


Yo tendría unos once años, mi primo era cuatro años mayor que yo y mi hermano casi dos, y los tres sabíamos que eran más veloces que yo. Pero aquella noche, impulsado por el miedo, debió de liberarse en mi cuerpo una descarga brutal de adrenalina que me dio una energía desconocida hasta entonces. En pocos metros los alcancé y, decidido a no ser el último, los adelanté para sorpresa de ellos… y mía. ¡Incluso llegué a sacarles ventaja!


Al poco rato, detrás de mí, escuché sus carcajadas y sus gritos diciéndome que parara, que todo era una broma. Cuando me detuve, sin apenas sentir cansancio, me invadió primero la rabia por la tomadura de pelo, pero enseguida el alivio: aquella noche, al menos, ningún perro me mordería. Eso sí, no se libraron de mis insultos, que solté a voz en grito.


Poco después y mientras regresábamos a casa, me hicieron prometer que no se lo contaría a nuestros padres, y les dije que no lo haría; les tenía mucho cariño y, bromas aparte, siempre me protegieron.


Esa misma noche, ya en casa, mi padre salió al porche mientras yo me quitaba las zapatillas, con el corazón aún acelerado. Me miró con esa mezcla de seriedad y ternura que solo él sabía manejar. “¿Qué ha pasado?”, preguntó sin necesidad de que yo dijera nada. Me senté a su lado y, aunque había prometido guardar silencio, terminé contándole la broma del perro y cómo había corrido como nunca. Él escuchó sin interrumpirme, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el jardín oscuro.


Cuando terminé, me pasó la mano por el hombro y dijo: “El miedo a veces nos enseña de lo que somos capaces. No siempre es malo tenerlo, hijo”. Luego añadió, con una sonrisa leve: “Y recuerda que, incluso cuando te asuste algo, no estás solo. Siempre habrá alguien cerca, o algo dentro de ti, para ayudarte a mirar de frente lo que te inquieta”. Aquellas palabras, tan simples, se me quedaron grabadas para siempre, como una luz tranquila en mitad de aquella noche.

 
 
 

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