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Como una Vestal esculpida en mármol

hace 11 horas
5 min de lectura

Testimonio de una vida:

              La protagonista de esta historia fue una tía de mi madre, hermana algo menor que la suya, Frida, se llamaba y era una de los nueve hijos del segundo matrimonio de mi bisabuelo, que en total había tenido dieciséis hijos.

Yendo un poco más atrás, supe que mi bisabuela, era la segunda esposa de mi bisabuelo y la circunstancia de este matrimonio particular resultó de la voluntad póstuma de la primera esposa, que estando muy enferma le pidió a su marido que despose a su amiga y ayudante. Es decir, aquella señora en su lecho de muerte, había elegido a mi bisabuela para que continuara la crianza de sus siete hijos y que atendiera a su esposo. Su marido cumplió la promesa y como eran tiempos económicamente difíciles en la Alemania del siglo XIX y la familia continuaba agrandándose, comenzó a averiguar por otras opciones.

              Llegaban noticias prometedoras de la situación de algunos países de América y si bien no sabía con qué se iba a encontrar, decidió probar suerte. Con muchas dudas y junto al hijo mayor, de casi veinte años por acompañante, decidió viajar para evaluar las circunstancias. Acordaron que, si todo iba bien, mandaría buscar a su flamante esposa, que mientras tanto, quedaba cuidando a sus otros hijos en el viejo continente. Los días de viaje en barco, se sumaron a los que, seguramente, estuvo averiguando por un trabajo aquí y allá; el calendario avanzaba y la incertidumbre también. Recorrió las colonias alemanas y suizas y si bien veía alguna posibilidad, ésta no alcanzaba a cubrir sus expectativas así que, habló con su hijo y tomaron la decisión de regresar a su país natal.

              Antes de eso envió una nota a su esposa y el resto de la familia, pidiendo que los esperen allá que, apenas pudieran, regresaban. Esa misma carta se cruzó en alta mar con el resto de la familia, cuando mi bisabuela, harta de la espera y jugando su propia y última carta, se embarcó con los hijos para reunirse en América con el padre. Fue así que al fin se reunió la familia, pero de este lado del Océano Atlántico y no en su país de origen como creía que sería mejor mi bisabuelo.

Una vez todos juntos aquí, se instalaron en Colonia Esperanza, en la Provincia de Santa Fe[1], donde gran parte de la población compartía el idioma, las costumbres y un nuevo camino en común. Mi bisabuelo, ofició de corresponsal en Las Colonias, para un periódico alemán: redactaba todas las novedades y enviaba periódicamente esas noticias que eran muy esperadas entre quienes todavía conservaban las esperanzas de encontrar un nuevo mundo o los familiares que esperaban noticias de quienes ya se habían aventurado en la búsqueda. Mi propia abuela, la madre de mi madre, se ocupó durante un tiempo de escribir las noticias que su padre le dictaba, cuando luego de un accidente con su caballo, se quebró el brazo y ya nunca más recuperó la movilidad por deficiencia en el enyesado u otra mala praxis que, en aquella época era habitual.

Quizás los dioses urdieron el chiste que un barco llevara la carta, mientras otro en sentido inverso traía la familia, lo cierto es que ya estaban todos reunidos de este lado del charco y todavía no había terminado el siglo diecinueve. La familia continuó agrandándose con nueve hijos más, la mayor parte de ellos ya nacidos en Esperanza. Así fue que, —nuestro destino se forjó por un error— decía mi madre al relatar la historia. Yo le respondía que, —si o hubiera sido así, nosotras no existiríamos— mientras ella soñaba que podría haber nacido en Alemania… Me viene a la memoria la frase de John Lennon, «la vida es aquello que sucede mientras haces otros planes»

       Retomando la historia de la hermana de mi abuela, el acento alemán heredado de sus padres, no se le había quitado después de más de cincuenta años cuando yo conocí a Frida, la séptima hija de mi bisabuela. Sus ojos eran transparentes y, según el día, podían verse celestes o simplemente como cristales de hielo. Su piel era blanquísima. Los gestos solemnes. Las facciones, de una aguzada firmeza. Sus labios finos, afilados, pintados con un carmín intenso contrastaban con la palidez del cutis, pero complementaban y hacían un curioso contraste con sus ojos, subrayando esos rasgos de majestuosa princesa de hielo, como aún la veo en mis recuerdos. Claro que era muy hermosa, distinta, demasiado perfecta para ser real y era inevitable que, a su paso, las personas se dieran vuelta y le llovieran suspiros. Todos la admiraban, los de la misma colectividad y los hombres nacidos en estas tierras, que llegarían a verla como una diosa imposible.

             


Fina, linda, codiciada. Una belleza inasible, líneas puras, rígidas, con la perfección de una vida no vivida, al menos con intensidad o pasión.

Una lata metálica de mi colección, me recuerda que ella trabajó en la firma de modas: Gath & Chavez[2]. Era experta en telas y podía asesorar eficientemente a cada sastre, a cada modista, a cada señora de alcurnia que gustara de las buenas artes del vestir y confeccionar moda. Era una mujer de avanzada, trabajando en aquellas épocas donde no era lo frecuente en una dama.

              Pero como en la vida, no todo es luminoso, había un lado oscuro. Oculto porque ella misma se negó a indagar, a hurgar en su propio interior, no solo emocional sino inclusive físico. No permitió enlodarse en las profundidades de sus misterios que estaban no mucho más lejos que el alcance de su mano. Frida recordaba cada vez que se miraba al espejo, las consignas aprehendidas en el hogar y maximizadas al extremo por sus propios prejuicios: «no provocar, el cuerpo hay que disfrazarlo, es algo que se mira y no se toca». El cuerpo para ella era pecado, las piernas no se podían ver al natural, solo asomarse enfundadas en medias finas por debajo de una falda larga. El escote del traje sastre solo podía insinuar, ocultándola por completo mediante varias capas compuestas de enaguas, blusa, e incluso un chavot, que aún en verano, disimulaban cualquier vestigio de asomo de su piel.

              Sus sobrinas, a veces en tono jocoso comentaban su larga lista de comportamientos autocensurados por pecaminosos, por ejemplo, no debía sonreír entusiasmada, reír a carcajadas o inclusive, mirar a los hombres a los ojos. Frida llevó al fundamentalismo la idea del pudor femenino.

              Dicen que lo cumplía tan a la perfección, que una vez cuando tuvo un pretendiente que era portador de excelentes referencias y cuyas buenas intenciones ya habían convencido a todo el entorno familiar, ella misma frustró la posibilidad de un noviazgo duradero. Porque las barreras de Frida eran muy altas, se parecían más a una muralla impenetrable que al recato de una señorita soltera. Ella veía transgresión en cada situación natural. La relación finalizó, según su propio relato, de manera definitiva e indeclinable, el día que el caballero osó tomarle la mano.

              Se me hace difícil imaginar esa situación. No puedo más que imaginarla con ternura y querer abrazarla, para decirle —no hay nada malo en vos, aunque seguramente no le hubiera gustado que le arrugara la ropa o estropeara el maquillaje.

              Se me ocurrió preguntar a mi madre si no sería que a la tía no le gustaban los hombres y me respondió que eso no podía pensarse en aquella época y que sí, le había gustado el candidato; solo que ella era encantadora socializando superficialmente, el problema surgía cuando intentaba intimar.

              El relato familiar contaba que la tía Frida se bañaba siempre vestida. Ni ella misma permitía verse, como si la desconfianza no sólo fuera producto de la mirada ajena, sino de la propia. Por lo mismo que desató tantas risas en su momento, se me ocurre ahora pedirte disculpas tía: creo que intentaste ser tan buena, tan pura, tan casta, que en eso se fue tu vida. Frida murió intacta en un geriátrico lujoso en la ciudad de Buenos Aires.

 

Nota:    [1] Ciudad situada en el noreste de Argentina.

              [2] Gath & Chaves: grandes tiendas propiedad del grupo británico Harrods.

 
 
 

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