Bajo el cielo de África
Junto a mi joven familia, pasamos cinco años habitando en el paraíso imperfecto. Es el retrato de un país prodigioso, tierra generosa y exuberante, su gente noble y entrañable, clima benigno, pletórico en recursos vitales y entornos escénicos. Fue una vez territorio fecundo para familias pioneras y aventureros, de buscadores de oro y diamantes, pero también de maleantes y truhanes. Tierra de fuertes contrastes, que se empeñó en apartarse del orden internacional, donde cohabitan dos sociedades de origen dispar, la etnia de raíz europea (dominante y vencedora en guerras coloniales) y la aborigen (sojuzgada y segregada).
Sudáfrica es un crisol de culturas, una confluencia de civilizaciones, predestinadas a coexistir y aceptarse, porque es su único y legítimo hogar común, porque todos encuentran cobijo dentro de sus fronteras.
A pocos meses de radicarnos, decidimos comprar una parcela y construir un chalé en una urbanización de nueva promoción en la ciudad de Benoni, próxima a Johannesburgo. La construcción avanza rápidamente y en unos seis meses, ya está listo para habitar.
En otra vivienda, justo calle de por medio, conocemos vecinos atípicos para la época en ese país. Él, inmigrante alemán y ella de origen zulú, la pareja tiene dos chavales adolescentes, no sabemos si son hijos del hombre o adoptivos. Lo que sí intuimos es que son pareja de hecho, ya que los matrimonios interraciales están vedados, o más aún considerados ilegítimos.

Mi esposa, y la vecina llamada Aniki, se hacen amigas y con cierta frecuencia se la invita a casa, para tomar un té con pastas y charlar. Aniki es muy servicial y demuestra estar agradecida por contar con la amistad de Gloria, ya que se siente socialmente excluida (en su propio país, pero radicada fuera de su entorno natural) y con nadie en quien confiar, más allá de su núcleo familiar.
Con su nueva amiga se atreve a hacer confidencias, tal es así que un día cuenta que vive atemorizada y se oculta a la vista del vecindario, recluyéndose en su casa, dado que la pareja había sido denunciada por algún vecino perverso, por el supuesto delito de residir en distrito exclusivo y excluyente para personas de raza blanca.
Recibieron citación de la policía, en la comparecencia el hombre aduce que no conviven como pareja, sino que ella es una trabajadora contratada para atender el servicio del hogar, y según revela Aniki, el argumento habría sido aceptado, pues como “blanco” él cumplía los requisitos para residir en el distrito y tenía el derecho a disponer de una criada “negra”, para los quehaceres domésticos. Así se salvó de una segura expulsión.
Al conocer los pormenores de la historia, dedujimos que la policía actuaba con el cinismo propio del régimen imperante, pero al mismo tiempo haciendo la vista gorda, para no molestar al inmigrante europeo, a quien sí respetaban. Por lo cual, a partir de aquel incidente, Aniki dispondría de licencia para residir en ese hogar bajo el estatus social de “asistenta doméstica”. La humillación la sufría íntimamente y la asumía con secretismo.

Habiendo transcurrido doce años desde que partiéramos de Sudáfrica rumbo a Europa, nos propusimos hacer un viaje de placer y evocación al país que nos acogió, del que guardamos gratos recuerdos y amistades perdurables. Rumbo al parque nacional Kruger, donde habíamos contratado un safari, y nos alojaríamos en “rondavels”, típica choza de arquitectura tribal, de planta circular, muros de piedra y techo cónico de paja, soportado por vigas de madera rústica, decidimos hacer un alto en el camino y desviamos el trayecto hacia la localidad para echar un vistazo al chalet que habíamos construido y vivido.
No sabíamos si Aniki aún residía allí, pero nuestra intención era visitarla. Al llegar, sin previo aviso, llamamos a la puerta y preguntamos por ella. En cuanto nos reconoció, su sorpresa y alegría fue mayúscula. Nos convida con un té y pastas caseras, como en los viejos tiempos. Ha quedado viuda y vive en compañía de una hermana. Ya son tiempos post-Nelson Mandela y su suerte ha cambiado, se la ve feliz, habiendo heredado la casa de su difunta pareja, y sintiéndose una ciudadana integrada en su comunidad. Son tiempos de redención y paz social.

<<Porque ser libre no es solo liberarnos de las propias cadenas, sino vivir respetando y potenciando la libertad de los demás>>
Su vida de desdichas la han envejecido prematuramente, en el trato, la notamos un tanto senil. Sumida en su ingenua ensoñación —yo quiero ir a España— nos dice.
Intuyo que para ella “Spain” es como un ente etéreo, que vino desde muy lejos para ganar el mundial de fútbol, organizado por su país.
Nos despedimos, conscientes de que la veríamos por última vez.





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