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Juegos atrevidos

Evocando los juegos infantiles con los que nos entreteníamos cuando terminábamos los deberes escolares, destacaban las «chapitas», así llamábamos a las tapas metálicas de las botellas de cerveza y refrescos (todo venía en botella de cristal, los botes de aluminio no existían).

Me sitúo hacia finales de los años 50, somos una pandilla de chavales siempre dispuestos a explorar nuevos métodos de diversión, para ello agudizamos el ingenio y las ocurrencias fluyen. Como es el caso de la recolección de las tapas desechadas que convertiríamos en curiosos objetos de deseo.

El reciclaje comienza con nuestras incursiones furtivas al interior de bares y tabernas del vecindario, que por ser menores de edad debiéramos tener la entrada vedada, proscripción que sorteamos, aprovechando que el dueño (al que mejor recuerdo por su amistosa complicidad) es a don José Fábregas (apodado el “gallego”, posiblemente inmigrante catalán) y demás parroquianos asiduos, les somos familiares por causa del vecindario o amistad.

Nuestro recorrido por el recinto, ya fuera en solitario o formando grupo de dos o tres chavales, duraba unos pocos minutos, lo suficiente para colmar nuestro cometido. Hay dos formas de recolección; rastreando entre mesas, sillas, bajo las mesas de billar y rincones del local (a menudo arrastrándonos a cuatro patas) para juntar aquellas que los camareros despistados arrojan al suelo, o en el mejor de los casos que el señor detrás de la barra, conocedor de nuestro reclamo, nos las reservara.

La cosecha varía desde unas pocas a bolsillos llenos si acertamos en días de partidos de futbol del club del barrio. A partir de ahí comienza la tarea de reparto, selección y clasificación, en la que ponemos nuestro esmero pues las marcas más consumidas ofrecen poco valor, mientras que las que consideramos más raras o aquellas con figuras y colores de fantasía, y por lo tanto escasas, se convierten en trofeos apreciados y disputados. A menudo surgían pugnas o grescas por conseguir quedarnos con las más valiosas.

El gordo <Nutella> era el abusón que se aprovechaba de su físico corpulento, pero no era el más espabilado, por lo que tantas veces tragaba gato por liebre. Como aquel día que entre el botín apareció una chapa de cerveza nada común y que destacaba por su anagrama y colores vistosos. Con pura prepotencia el gordo la cogió y se la guardó en el bolsillo del pantalón ante las quejas de quienes allí estábamos. Días después, otro de los chavales que no olvidó la afrenta, y con aparente despreocupación, comentó entre el grupo que su madre cocinaba unas empanadas de carne deliciosas y que al volver a casa esa tarde-noche, le esperaban con aquel manjar.

Conocedor de que el talón de Aquiles del amigo Nutella, era su voracidad por la comida, le ofreció traerle, al día siguiente una de sus empanadas para que pudiera degustarla, eso sí, le propuso que a cambio le diera aquella chapa rara que se había apropiado. El gordo aceptó ante tan buena oferta. A mí y a otros también, no nos cayó bien lo que olía a soborno, pero ahí quedó la cosa, sin más.

El día siguiente era un sábado, por lo que la mayoría habíamos quedado poco antes de mediodía en el descampado para jugar un partidillo. Al final del juego, el dueño de la empanada cumplió con su promesa, pero antes le exigió al otro que le entregara la chapa en cuestión, a lo que el gordo accedió, jactándose ante todos los demás por lo que había conseguido a cambio. Allí mismo, le pegó un buen mordisco al reluciente pastel y al instante su cara de glotonería cambió por la sorpresa, al tiempo que se le atragantaba el bocado. La empanada no contenía carne, estaba rellena de algodón. ¡<Nutella> se llevó su merecido, humillado y ante la risa de todos!

Aquellas disputadas tapas metálicas no son el fin en si mismas, solo la materia prima, porque aún nos queda la fase de transformación en cromos, sin duda la tarea que más nos regocija, por divertida y atrevida. Al principio las aplastábamos a martillazos, obteniendo un producto algo defectuoso y a menudo estropeando las figuras, a causa de los golpes. El método pronto evolucionaría hacia una elaboración de óptima calidad. Un buen día, “alguien” arrojaría una nueva idea, se trata de colocar en fila unas cuantas tapitas sobre los raíles de los viejos tranvías que circulan por las calles del barrio. Al paso del vehículo, que ejerce de aplanadora, las deja laminadas como un disco plano. La figura de la marca de bebida queda en el centro y su esmalte permanece intacto, la corona ondulada del borde forma un ribete, como un remate de ganchillo al croché. La innovación es un éxito inmediato.

Para consumar la faena, usamos la táctica del avestruz ante el paso del vehículo: agazapados, oteando detrás de algún arbusto o muro, para no ser vistos por el conductor (o «motorman», como le llamábamos) y evitar así la segura regañina por la fechoría.

A tranvía pasado, cada cual recoge sus trofeos, pronto se inician los trueques, los cromos más codiciados se regatean (uno raro puede valer 10 o 20 de los más comunes). Si cuentas con una buena reserva de “chapitas” vulgares para apostar en los juegos, es mejor no arriesgar las “raras” y guardarlas para mejor oportunidad, porque al igual que en el mercado bursátil la cotización puede subir y beneficiarte canjeándolas al mejor postor.

La pandilla es adicta a los juegos de cromos en sus múltiples modalidades, abarcando desde los preferidos por los varones, hasta las variantes adaptadas para compartir juego con las niñas, toda vez que nos complacía que se unan ocasionalmente nuestras hermanas y vecinas, amigas de nuestras hermanas.



El intercambio de chapas es habitual. Están las que nadie quiere por ser muy repetidas, pasando por otras que son <<de las buenas>> hasta aquellas que por su rareza nos valen para canjearlas por canicas de cristal (otra de nuestras aficiones) o por media chocolatina y en casos excepcionales hasta por un chicle “Bazooka” (o chicles globo, que venían importados de Estados Unidos) y que, por su precio, era inusual disponer de las monedas suficientes para comprárnoslo. Tener el placer de mascar uno de esos chicles era una cuestión de prestigio y hacías durar la goma varios días.

Esta práctica inédita, pronto se propagó a otras pandillas a lo largo y ancho del barrio. Las hileras de chapas sobre los raíles se habían convertido en algo habitual, lo que alertó a la Empresa Pública de Transporte. A tal punto llegó la alarma que la Concejalía de Distrito, emitió un bando alertando a padres y tutores para ayudar a poner coto a la praxis.

En su momento, el tema fue comentado en mi casa como una curiosidad, o acaso como una gamberrada impropia. Al ser preguntado por ello, no oculté que participaba del juego, junto a mis amigos, por lo que me apremiaron para abandonar esa adicción.

Fue solo muchos años después, durante una tertulia familiar, en que se recordó el incidente, cuando les confesé (con un atisbo de orgullo) que había sido yo quien inicialmente concibió y promovió la idea,  —por hacer algo distinto—  afirmé con convicción.

Fue a esa temprana edad en la que nació tu vocación por la ingeniería metalúrgica— asintió mi padre, entre risas.

—Si papá, y ya puedo exhibir el diploma de graduado— susurré


«La madurez del hombre(*) es haber vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño(*)». Friedrich Nietzsche.

  (*) vocablos utilizados como genéricos, para referirse a hombre o mujer / niño o niña.



 
 
 

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