El pozo azul
Actualizado: 16 ago

Nuestro grupo de espeleología estaba formado por personas apasionadas por la aventura subterránea. Aunque muchos pertenecían a Standard Eléctrica —una empresa que entonces fomentaba actividades para sus empleados— también participábamos otros que no teníamos relación laboral con ella. Éramos un equipo heterogéneo, unido por la curiosidad y el deseo de explorar.
Nuestro proyecto más ambicioso se encontraba en Covanera, Burgos: El Pozo Azul, una surgencia de agua tan transparente que engaña a la vista. “El agua surge de una cueva inundada, el agua es tan transparente, que parece que no cubre y hay 14 metros de profundidad.” Aquel lugar era tan bello como peligroso.
El buceo en sifones exige una preparación rigurosa. En aquella época, los cursos de submarinismo duraban tres meses y requerían superar varios exámenes. Hoy, en apenas tres días se obtiene un título básico, aunque con múltiples niveles. Siempre he pensado que nosotros salíamos mejor preparados. Yo obtuve el Segunda en 1978 y, un par de años después, el Dive Máster, que me permitía examinar a otros buceadores.
Soy una auténtica forofa del submarinismo. He buceado en Akaba (Jordania), en Quisir (Egipto) y durante muchos años en L’Estartit, en la Costa Brava, recorriendo la costa con nuestro barquito y explorando cuevas tan hermosas como La Vaca y El Delfín.
Pero el grupo de espeleo decidió centrarse en El Pozo Azul. El buceo en sifones es extremadamente peligroso: los recovecos, la falta de visibilidad y la complejidad de las galerías han provocado accidentes mortales. Por eso diseñamos un sistema de seguridad muy meticuloso. Colocábamos una cuerda guía con placas que marcaban la distancia, y cada 200 metros dejábamos botellas de aire como puntos de apoyo. Entrábamos de dos en dos, con casco y linternas, asegurando cada tramo.
Recuerdo especialmente una inmersión con Juan, que nunca había buceado conmigo. Él se dedicaba a atar las botellas a la cuerda mientras yo me mantenía aleteando, pero me cansé y me dejé caer al fondo, tumbándome tranquilamente mientras lo iluminaba con mis linternas. “Juan que me vio en el fondo se asustó, pensó que me pasaba algo… el tiraba de mí para sacarme y yo no entendía que tirase de mí.” Salimos discutiendo, sin que los compañeros entendieran nada, pero el enfado se nos pasó enseguida. Así son las aventuras bajo el agua: intensas, confusas y, a veces, divertidas.
El grupo llegó a batir el récord de buceo en sifones: 800 metros, hasta una burbuja de aire donde la cueva seguía sifonada. También participamos en rescates y llegamos a impartir un curso a la Guardia Civil. Teníamos buen material, conseguido gracias a una película en la que el grupo colaboró.
Hoy, la surgencia lleva explorados 15 kilómetros, gracias a equipos internacionales, incluidos algunos buceadores que participaron en el rescate de los niños de Tailandia. Nuestra amiga Carmen Portilla, además, trabajó en el programa Al filo de lo imposible, llevando la espeleología y el buceo extremo a la televisión.
Mi pasión por el mar me llevó también a competir en fotografía submarina en apnea en L’Estartit. Conocía la zona como la palma de mi mano. Me asignaron un barquero que me llevaba donde yo quisiera. Lo curioso es que, cuando bajaba con botellas, los meros me rodeaban; pero en apnea, “nadie pudo hacer una foto a ningún mero, lo listos que son los peces.”
Allí teníamos muchos amigos, como Manel Gil, que fabricó una carcasa para su cámara cuando aún no existían equipos para filmar bajo el agua. Con él, Carlos Jul, mi marido Carlos y yo, fuimos los primeros en bajar al Reggio Messina, un enorme barco hundido. Manel grabó una película preciosa. Poco después, las tempestades destrozaron el pecio por completo.
En una de aquellas salidas, mi Nikonos III se enganchó y tuvimos que sacar las fotos “con una manga”, perdiendo muchas imágenes. Aun así, quedé quinta en el cómputo general y fui la única mujer que se presentó. El ganador me dijo riendo: “si no se te atranca el carrete me ganas.” Y nos reímos juntos, celebrando la camaradería que siempre ha acompañado al mar.
La venganza de las donas

Nuestro grupo de espeleología tenía un acuerdo con un hombre empeñado en rodar una película sobre espeleología y buceo en cuevas. Muchos de los participantes no trabajaban los sábados, así que el viernes por la tarde se marchaban directamente al lugar del rodaje.
Concha salió del banco con la bolsa de viaje colgada del brazo. Como siempre, le tocaba trabajar el sábado. Miró la calle Serrano, llena de tráfico, esperando impaciente a que apareciera el “cuatro latas” de Marijose. Ellas dos trabajaban los sábados; sus maridos no, así que los hombres ya se habían ido el día anterior.
A los pocos minutos, el coche amarillo de Marijose se detuvo junto a la acera. Concha metió la bolsa con rapidez, subió y arrancaron rumbo al norte.
—A ver qué tal se nos da el viaje —dijo Concha—. ¿Tú crees que llegaremos a cenar?
—Depende de cómo esté el Portillo de la Lunada —respondió Marijose—. En Santander hace buen tiempo, pero en el monte nunca se sabe.
—Esto de trabajar los sábados es un rollo —suspiró Concha—. Carlos salió ayer con Jesús y Mari Carmen, y los niños: Norma, Jesús y Ana.
—Pepe también salió ayer —añadió Marijose—. Preparó unas tortillas y había quedado con otros para ir juntos en el coche.
Concha miró por la ventanilla y preguntó:
—¿Sabes cómo va la película? ¿Qué se rueda este fin de semana?—Un rescate en la Torca de Astrana. ¿La conoces? Es una sima de 270 metros de profundidad, con una boca enorme, llena de vegetación. Están montando la instalación para filmar mañana. El sitio es espectacular. Van a simular un rescate… espero que esta vez metan un muñeco en la camilla y no al pobre Juan.
El otro día falló un aparato y se golpeó contra la pared. Entre el porrazo y el susto, no creo que se deje convencer otra vez.
—Sí, pero ya sabes cómo es Martínez, “el señor productor”. Como él no entra en la sima, todo le parece poco.
—Eso sí —concedió Marijose—. Si no fuera por el material que nos trae… Por cierto, ¿cuándo van a por él?
—Creo que alguien les ha prestado una furgoneta para ir a Mónaco —respondió Marijose—. ¿Te imaginas? Trajes de volumen constante, botellas de 300 atmósferas, un torpedo… Todo ese material nos va a venir de maravilla para el Pozo Azul. La subvención de Estándar no da para tanto.
Concha sonrió.
—¿Y tú haces un papel principal en la película?
—Martínez quiere meterme en el asunto —bufó Marijose—. Cree que me hace un favor porque soy la mujer del presidente del club. El otro día pretendía que saliera ligera de ropa. Es un majadero. De un documental sobre espeleología ha pasado a querer una película romántica en las cuevas… y encima pretende que “enseñemos”. Ya le he dicho que no estoy por la labor.
—A mí ese tipo no me gusta —dijo Concha—. Dijo que las mujeres que estábamos en este deporte éramos poco femeninas. Supongo que no encuentra una “marimona” a su gusto para la protagonista, como tú no has cedido.
Además, está creando mal ambiente en el grupo. Le pillé metiendo cizaña entre los chicos, diciendo que unos trabajaban más que otros. Nunca habíamos tenido problemas. Yo no participo en la película: me encargo de los niños y los llevo a la playa.
—Yo también me he dado cuenta —respondió Marijose—. Le tengo ganas. Me gustaría jugarle alguna para que se le vea el plumero.
El viaje continuó entre risas, confidencias y comentarios sobre el grupo de espeleología. Al fin llegaron a Astrana, donde el resto ya estaba preparado para ir a cenar al pueblo.
Fuimos todos al mesón. La cena transcurrió entre bromas, anécdotas y muchas risas. Casi al final, Martínez, que casualmente estaba sentado junto a Concha, soltó:
—Venga, sacad algo… un porrito.
Concha y Marijose se miraron, sorprendidas. Concha reaccionó al instante.
—Ven, Marijose. Vamos a buscar “algo”.
La noticia corrió como la pólvora entre el grupo. “¿Qué se habrá creído este?”, murmuraban. “Como somos jóvenes y raros, nos toma por porreros”. “¿Dónde han ido Concha y Marijose? Si no fuman…”
Las dos amigas, con mucho misterio, se metieron en un rincón de la cocina con algo plateado y un cigarrillo que rompieron para liar otro nuevo. El cocinero del restaurante colaboró encantado.
Poco después regresaron. Sus maridos y el resto del grupo las observaban con curiosidad. Las conversaciones siguieron como si nada, pero todos estaban pendientes del cigarrillo que entregaron a Martínez.
Martínez fumó con fruición y lo pasó. Los demás hacían como que fumaban y lo devolvían.
—Venga, venga, pasadlo, que se acaba —decía Martínez, cada vez más animado.
Los cocineros asomaban la cabeza por los tragaluces. Los camareros no perdían detalle. Cuando el cigarrillo volvió a Martínez, este exclamó:
—¡Cómo pega! ¡Se nota que es bueno!
Las risas crecían por todas partes. El rumor ya era general: Martínez estaba fumando un porro hecho con una pastilla de caldo Starlux, liado con tabaco.
Él, convencido de que todos estaban fumados, seguía disfrutando.
La película se rodó en varios sitios, incluso en el Pozo Azul, en Cobanera.
Cuando se terminó, fuimos todos a verla. Al descubrir que habían cambiado nuestras voces por otras ridículas, el cabreo fue monumental.
Eso sí: el material lo recogimos en Mónaco y nos vino de maravilla para la exploración del Pozo Azul.




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