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La venganza de las donas


Nuestro grupo de espeleología tenía un acuerdo con un hombre empeñado en rodar una película sobre espeleología y buceo en cuevas. Muchos de los participantes no trabajaban los sábados, así que el viernes por la tarde se marchaban directamente al lugar del rodaje.


Concha salió del banco con la bolsa de viaje colgada del brazo. Como siempre, le tocaba trabajar el sábado. Miró la calle Serrano, llena de tráfico, esperando impaciente a que apareciera el “cuatro latas” de Marijose. Ellas dos trabajaban los sábados; sus maridos no, así que los hombres ya se habían ido el día anterior.


A los pocos minutos, el coche amarillo de Marijose se detuvo junto a la acera. Concha metió la bolsa con rapidez, subió y arrancaron rumbo al norte.

—A ver qué tal se nos da el viaje —dijo Concha—. ¿Tú crees que llegaremos a cenar?

—Depende de cómo esté el Portillo de la Lunada —respondió Marijose—. En Santander hace buen tiempo, pero en el monte nunca se sabe.

—Esto de trabajar los sábados es un rollo —suspiró Concha—. Carlos salió ayer con Jesús y Mari Carmen, y los niños: Norma, Jesús y Ana.

—Pepe también salió ayer —añadió Marijose—. Preparó unas tortillas y había quedado con otros para ir juntos en el coche.

Concha miró por la ventanilla y preguntó:

—¿Sabes cómo va la película? ¿Qué se rueda este fin de semana?

—Un rescate en la Torca de Astrana. ¿La conoces? Es una sima de 270 metros de profundidad, con una boca enorme, llena de vegetación. Están montando la instalación para filmar mañana. El sitio es espectacular. Van a simular un rescate… espero que esta vez metan un muñeco en la camilla y no al pobre Juan.


El otro día falló un aparato y se golpeó contra la pared. Entre el porrazo y el susto, no creo que se deje convencer otra vez.


—Sí, pero ya sabes cómo es Martínez, “el señor productor”. Como él no entra en la sima, todo le parece poco.

—Eso sí —concedió Marijose—. Si no fuera por el material que nos trae… Por cierto, ¿cuándo van a por él?

—Creo que alguien les ha prestado una furgoneta para ir a Mónaco —respondió Marijose—. ¿Te imaginas? Trajes de volumen constante, botellas de 300 atmósferas, un torpedo… Todo ese material nos va a venir de maravilla para el Pozo Azul. La subvención de Estándar no da para tanto.

Concha sonrió.

—¿Y tú haces un papel principal en la película?

—Martínez quiere meterme en el asunto —bufó Marijose—. Cree que me hace un favor porque soy la mujer del presidente del club. El otro día pretendía que saliera ligera de ropa. Es un majadero. De un documental sobre espeleología ha pasado a querer una película romántica en las cuevas… y encima pretende que “enseñemos”. Ya le he dicho que no estoy por la labor.


—A mí ese tipo no me gusta —dijo Concha—. Dijo que las mujeres que estábamos en este deporte éramos poco femeninas. Supongo que no encuentra una “marimona” a su gusto para la protagonista, como tú no has cedido.

Además, está creando mal ambiente en el grupo. Le pillé metiendo cizaña entre los chicos, diciendo que unos trabajaban más que otros. Nunca habíamos tenido problemas. Yo no participo en la película: me encargo de los niños y los llevo a la playa.


—Yo también me he dado cuenta —respondió Marijose—. Le tengo ganas. Me gustaría jugarle alguna para que se le vea el plumero.


El viaje continuó entre risas, confidencias y comentarios sobre el grupo de espeleología. Al fin llegaron a Astrana, donde el resto ya estaba preparado para ir a cenar al pueblo.


Fuimos todos al mesón. La cena transcurrió entre bromas, anécdotas y muchas risas. Casi al final, Martínez, que casualmente estaba sentado junto a Concha, soltó:

—Venga, sacad algo… un porrito.

Concha y Marijose se miraron, sorprendidas. Concha reaccionó al instante.

—Ven, Marijose. Vamos a buscar “algo”.

La noticia corrió como la pólvora entre el grupo. “¿Qué se habrá creído este?”, murmuraban. “Como somos jóvenes y raros, nos toma por porreros”. “¿Dónde han ido Concha y Marijose? Si no fuman…”


Las dos amigas, con mucho misterio, se metieron en un rincón de la cocina con algo plateado y un cigarrillo que rompieron para liar otro nuevo. El cocinero del restaurante colaboró encantado.


Poco después regresaron. Sus maridos y el resto del grupo las observaban con curiosidad. Las conversaciones siguieron como si nada, pero todos estaban pendientes del cigarrillo que entregaron a Martínez.

Martínez fumó con fruición y lo pasó. Los demás hacían como que fumaban y lo devolvían.

—Venga, venga, pasadlo, que se acaba —decía Martínez, cada vez más animado.

Los cocineros asomaban la cabeza por los tragaluces. Los camareros no perdían detalle. Cuando el cigarrillo volvió a Martínez, este exclamó:

—¡Cómo pega! ¡Se nota que es bueno!

Las risas crecían por todas partes. El rumor ya era general: Martínez estaba fumando un porro hecho con una pastilla de caldo Starlux, liado con tabaco.

Él, convencido de que todos estaban fumados, seguía disfrutando.

La película se rodó en varios sitios, incluso en el Pozo Azul, en Cobanera.


Cuando se terminó, fuimos todos a verla. Al descubrir que habían cambiado nuestras voces por otras ridículas, el cabreo fue monumental.


Eso sí: el material lo recogimos en Mónaco y nos vino de maravilla para la exploración del Pozo Azul.

 
 
 

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