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La calle de los ecos

hace 2 horas
2 min de lectura

El ruido de los coches componía la banda sonora de un día gris, un otoño que ya sabía a invierno crudo. Regresaba a casa después de un duro día de trabajo.

La noche había caído, y el viento —cargado de humedad y contaminación— arrastraba una niebla espesa que difuminaba el entorno, envolviéndolo todo en un aire inquietante.


 Observaba a las pocas personas que aún caminaban por las calles con cierta desconfianza, como si cada figura pudiera esconder una amenaza.

Me deslicé en línea recta hacia la calle principal de la barriada, acelerando el paso. Al pasar frente a un kiosco, las portadas de los diarios captaron mi atención: hablaban de la sentencia del asesino de Diana Quer y de otra chica desaparecida hacía apenas un mes.

Aquellos titulares me helaron la sangre. Un escalofrío frío me recorrió la espalda, y la sensación de inseguridad se instaló en mí como un peso.


El camino hasta casa era largo, y cada vez más solitario. Los comercios cerrados, la ausencia de gente, algún coche aislado… nada más. Caminaba ya por una calle completamente desierta. Y lo peor aún estaba por llegar.

A medida que me acercaba a mi destino, la inquietud crecía. Siempre me ocurría al llegar a mi calle: apenas 300 metros de casas adosadas con soportales sin iluminación, cada dos viviendas, oscuros como bocas de lobo.

Cualquier persona podría esconderse allí y dar un susto… o algo peor.


Al otro lado de la calle se extendía un parque negro y silencioso. Los árboles, movidos por el viento, parecían susurrar entre sí.

Dos farolas difusas intentaban sin éxito iluminar la negrura de aquel lugar siniestro. Y más allá del parque, el sanatorio mental. Las malas lenguas decían que, de vez en cuando, algún paciente se escapaba y se ocultaba por la zona.

Giré a la derecha, encaminándome hacia la dichosa calle. Era un tramo pequeño que desembocaba directamente en aquel pasaje sombrío.



De repente, a mis espaldas, un frenazo brutal desgarró el silencio. Me giré sobresaltada, con el corazón golpeando en el pecho.

El coche se detuvo, giró, y los faros iluminaron el fondo de la calle. Allí, inmóvil, destacaba la figura oscura de un hombre con capucha.

Me dirigía justo hacia ese punto. Pero cuando llegué a la esquina y doblé la calle, la figura había desaparecido. Era imposible que hubiera recorrido los 300 metros en tan poco tiempo: apenas nos separaban unos 30 o 40 metros.

La única explicación lógica era que fuera un vecino entrando en su casa… pero no se había visto ninguna luz encenderse. O quizá… quizá se había escondido en uno de los soportales, esperando.


Cada vez más inquieta, comencé a descender por la calle.

Caminaba con todos los sentidos alerta, temblando, convencida de que podían agredirme en cualquier momento. Y entonces, como un ciclón, la figura de un hombre se me echó encima…

Me desperté gritando, empapada en sudor y completamente agitada. Mi marido se incorporó sobresaltado, preguntando qué ocurría.

Cuando conseguí tranquilizarme, le conté el sueño que, desde mi adolescencia, me persigue de vez en cuando… desde aquella “bromita” de mi hermano.



 
 
 

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