Sólo una elección
- Ignacio Rey

- hace 4 horas
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Verás, estaba volviendo a casa, después de haber estado contigo. La niebla hacía que todo pareciera más irreal, más como salido de una pesadilla. Los coches iban despacio y hacían que las luces se deslizaran suavemente, en sucesión, dando la sensación de movilidad que la fría noche impedía.
El demonio apareció en un momento dado, sentado junto a mí, en el asiento del copiloto, el tuyo en aquel viaje a Aranjuez. Supe a qué venía incluso antes de que hablara.
—¿Tanto te crees que la quieres? —me preguntó.
Yo no le contesté, me limité a mirarle de lado, sin quitar la atención del todo de la carretera. No estaba la noche como para conducir distraído.
Seguí en silencio. Traté de no prestarle más atención que al abrigo sobre el cual parecía haberse sentado. Estaba convencido de lo que me diría a continuación. Quizá por ello continuó hablando, como si tal cosa.
-De acuerdo, no me contestes. Quizá es que no lo tengas tan claro, después de todo –eso me hizo sonreír. Con algo de desprecio, tengo que reconocer, pero no pude evitar desilusionarme. Estas criaturas se supone que son infalibles. Y éste no había empezado con muy buen pie— ¿Estás seguro? —me preguntó a continuación—. Mira en tu interior, anda. ¿Tanto te crees que la quieres?
Sí, reconozco que una pequeña sombra de duda cruzó ante mí, quizá empujada por la seguridad que desprendía su voz. Por eso sí le contesté en esta ocasión:
—Pues claro. No estoy más convencido de ninguna otra cosa en mi vida —y me giré para mirarle a los ojos, amarillos, para demostrarle lo indudable de mi pensamiento.
—Bien, me gusta oírlo. Por eso entonces es por lo que sabes a qué he venido, ¿no?
—Me lo imagino, tan sólo.
—Sí, no pareces sorprendido –concluyó.
Después transcurrieron un par de minutos en completo silencio. Fue cuando me di cuenta que la radio del coche no sonaba. Parecía estar funcionando, con un compact dentro avanzando, pero no sonaba. La apagué distraídamente. Si no podía oírla no tenía sentido que estuviera el disco girando.
—Sabes que ese amor que crees sentir no existe, ¿no? —me dijo de nuevo sin aviso previo—. Y sabes que aunque ella cree sentir lo mismo, eso no existe. No hay amor. Ni aquí ni en ningún otro sitio. No sufras por la decepción que vendrá después.
Lo supe. Sabía que algo así me iba a decir, y pese a ello no pude evitar desgarrarme por dentro. Igual que cuando tú me dices lo mucho que quieres estar conmigo mi cuerpo se agita y me sacude una oleada de felicidad, cuando este demonio me dijo aquello, me puse, literalmente, malo. Enfermé de espíritu.
—No digas tonterías —le contesté tratando de sonar lo más convencido posible.
Ahora sonrió él, y casi se echó a reír.
—Vamos, por favor —me dijo—. No seas iluso. Tú no. Lo estabas haciendo bien, sabiendo tu papel en esto. Me has recibido como un señor. Me estabas dando la réplica como el mejor de los sabios. No te vengas abajo, no sueñes. Si he venido para ayudarte.
—¿Ayudarme? —aquella sí que fue buena. Me sorprendió de verdad.
—Claro, amigo. Verás, estás a tiempo. Aún puedes sacar algo de todo esto —como simplemente me limité a mirarle con extrañeza, sin decir nada, continuó hablando—. Iré al grano. ¿Triunfar? ¿Es lo que quieres? ¿Ser un escritor de éxito, vender muchos libros, dar conferencias, hacer entrevistas? Es tu sueño, ¿verdad? Pues sabes que te lo puedo conseguir. Desde mañana mismo.
Desde luego que lo sabía, sin ninguna duda. Quizá es una consecuencia de que se te aparezca un demonio en mitad de lo noche dentro de tu coche en marcha, que sabes que lo que te diga lo podrá cumplir. Así son las cosas.
Pero no sabía, o no quería saber por dónde saldría él. Me temía alguna jugada poco limpia.
—Claro que algo sí me tendrías que dar a cambio —aquí estaba. La trampa. No le contesté. Le escuchaba. Y él continuó—. Renuncia a ella. Aquí y ahora. Ante mí. Con eso bastará. Yo haré realidad tu sueño.
“Ella es mi sueño”, estuve a punto de decir. Pero ni siquiera quise dignificar su propuesta con una respuesta. Fijé la mirada en la carretera sin decir nada. Era esa carretera por la que hace poco más de una semana habíamos ido tú yo hacia nuestra primera noche. Hacia nuestra mejor noche. Me acordé de ti.
—No dices nada, ¿te lo estás pensando? —en su mirada amarillenta había un brillo de diversión. Creía de verdad que me había impresionado. Saboreaba lo que él creía el comienzo de la victoria.
—Desaparece— dije fríamente —. Vete. No pierdas tú el tiempo —Y el brillo malicioso se borró de sus ojos, como las luces de la noche se desvanecen reflejadas en el cristal del parabrisas al pasar bajo ellas.
—Escucha, no te precipites —me contestó —. Quizá no me explicado bien. O es que no has logrado visualizar lo que te propongo: fama, éxito, tu realización como escritor, tu ilusión de toda la vida, tu sueño, toda tu vida al alcance de un simple deseo.
—He dicho que desaparezcas. ¿Tengo que parar para que te bajes? O supongo que puedes irte igual que has venido, así sin apenas molestar, pero, de verdad, no insistas.
Todo rastro de simpatía desapareció definitivamente de su rostro. Incluso se giró en el asiento para acercarse más a mí.
—¿Es posible que te haya juzgado mal? Quizá lo que se esconde bajo tu sueño de ser escritor no es más que el tópico de dinero, fama y vida fácil... ¿Si? ¿Quieres eso? ¿Dinero? ¿Fortuna? ¿Poder?...
Ahora simplemente no podía creerme aquello. Me resultaba ya demasiado manido, y tan irreal como la noche que se escondía detrás del manto de niebla que espesaba la realidad allá fuera. Pero entonces me asaltaron aquellas imágenes, todo lo que el demonio me estaba proponiendo me inundó el cerebro como un aluvión de sensaciones tan poderosas como reales. Mi éxito, mi fama, mi gloria, mi vida fácil... Todo se me plantó en la mente como una vacuna se introduce en un organismo enfermo.
Pero yo no estaba enfermo, ni mucho menos. Y no necesitaba aquella cura, aquella vacuna, aquella... Aquella locura. Yo te necesitaba a ti.
—Mira, no voy a renunciar a ella. No hay nada que quiera al margen de ella. Tenlo claro. Todo lo que me sigas diciendo me parecerá un insulto.
—bueno, bueno, bueno... —el demonio se me acercó más aún, como desafiante. Y nuevas imágenes se sucedieron en el bombardeo a mi cerebro. Unas imágenes más provocativas, más directas, más explícitas. Eran mujeres, vestidas, desnudas, en bañador, con poca ropa, desfilando, seduciendo, sonriendo... Mientras el demonio sonreía, complacido ante mi estupor —. Te gustan, ¿verdad? ¿Las quieres? ¿Alguna en concreto? Actrices, modelos, cantantes... Creo que ya sé lo que pasa. Tenemos a un romántico aquí. Crees que el amor lo es todo, ¿no es así? Ay, hijo, no seas iluso. Eso que llamas amor morirá. Esa a la que pintas de diosa floral marchitará. Se estropearán los dos; tu pasión y su físico. El tiempo es una batalla que lo que tú llamas amor no puede ganar. Piénsalo, yo te ofrezco el AMOR de verdad. Mujeres siempre jóvenes, siempre hermosas, siempre dispuestas. Y siempre, siempre, para ti. Las que tú quieras. Sólo tendrás que pedirlas y serán tuyas.
Me trastornó, lo reconozco. Aquello suponía un poder tremendo, abría unas posibilidades muy tentadoras... Pero me cerraban tu puerta, mi amor. Frente al efecto del paso del tiempo a tu lado yo pondría la ilusión por disfrutar ese tiempo contigo; frente a la belleza marchitada, yo pondría tu amor hacia mí para darme alimento; frente a los desencuentros que el tiempo provocaría entre nosotros, yo pondría las reconciliaciones que vendrían después.
Y frente a la mayor colección de bellezas con que el demonio trató de seducirme, yo te puse a ti. A mi amor.
—No —dije simplemente.
Fue cuando se derrumbó. Se dejó caer de espadas contra el respaldo del asiento y hundió el rostro en sus manos, sollozando. Suspiraba sin decir palabra. Todo rastro de imágenes había desaparecido de mi mente. Sólo la carretera ante mí. La noche por encima y tu recuerdo, inamovible en mis entrañas, siempre detrás de mí, acosándome como un depredador.
—¿Qué quieres? —me preguntó al fin—. ¿Qué quieres? Pídeme lo que sea, LO QUE SEA. Posible o imposible, de este o de otro mundo. Pide lo que desees y si renuncias a ella, lo tendrás. Renuncia a ella. Sé feliz. Goza. Vive. Tú y quienes tú quieras. Consigue la paz, la felicidad, el fin de las guerras, del hambre... Consigue el mundo. Pero renuncia al amor. Renuncia a algo que no existe, a algo que no puede existir. A algo que es más dañino que cualquier enfermedad. Ayúdame a extinguirlo de los hombres.
Así es como comprendí la misión del demonio. El amor es el don más maravilloso otorgado al hombre. Es fuente de toda alegría, de toda felicidad y toda dicha que nadie pueda haber conocido. Y todo, directa o indirectamente, nace del amor.
Y como tal don de semejante poder, tiene un reverso oscuro muy doloroso. Todo lo que el amor no culmina es desamor, y como tal es el causante del dolor más grande que el hombre pueda conocer. A mayor felicidad que es capaz de regalar un amor, mayor será el dolor que éste pueda causar. Es ley de vida. Es ley de equilibrio.
Por eso hay fuerzas empeñadas en destruir ese amor. Lo intentarán negándolo, frustrándolo o rompiéndolo, pero no cejarán hasta acabar con él. Piensa que por cada enamorado feliz hay, como mínimo, un desenamorado infeliz. Y cuanto más feliz sea el enamorado, más desdichado será el otro. Y mucha gente erradicaría ese dolor aun a costa de la felicidad que pueda acarrear.
Yo no. Todos elegimos durante toda nuestra vida. Y yo esa noche elegí seguir expuesto al dolor con al de conservar el amor que me daba de vivir.
Detuve el coche en el arcén y me giré completamente para encarar a aquel demonio de ojos amarillos.
—Sabes algo? ¿Sabes lo que me vas a pedir? —me dijo, muy animado de pronto, como si mi actitud diese a entender que cedía a sus proposiciones.
—Sí, lo sé—le contesté—. Sé lo que quiero.
—Pídemelo, pídeme lo que sea y será tuyo con sólo renunciar a ella —estaba realmente excitado aquel demonio.
—Si renuncio a ella —le dije—lo que deseo en este mundo, por encima de cualquier otra cosa, es la posibilidad de recuperarla —. Se quedó inmóvil, muy pálido de pronto, con muy mala cara— Si por lo que sea la pierdo, quiero volver a conocerla, volver a descubrir lo maravillosa que es, volver a ir entrando en su vida poco a poco, volver a conocerla a escondidas en nuestro sitio, volver a compartir correos cada vez más emotivos con ella, volver a disfrutar de una primera noche de ensueño con ella, volver a tener días junto a ella, volver a emocionarme con sus mensajes al móvil, volver a aprovechar hasta el último segundo que pase con ella, volver a besarla con todo mi amor cuando nos despedimos, volver a esperarla en las frías mañanas de invierno aunque vaya a estar con ella sólo diez minutos, porque todo lo que quiero es estar abrazado a ella, volver a abrazarme a ella y besarla y sentir que aunque no me lo diga, me está queriendo. Si la pierdo, pues, lo único que querré en esta vida es volver a enamorarme de ella.
Mientras hablaba estaba mirando a la noche, a través de la niebla. Te estaba mirando imaginariamente a ti, mi amor. Te estaba viendo en la noche. Cuando giré la cabeza para ver qué me decía el demonio, éste ya había desaparecido.



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