El día que murió la música (Relatos hilvanados 5)
- Roberto Rey

- 15 dic 2025
- 4 Min. de lectura
El 3 de febrero de 1959, un pequeño aeroplano se precipitó sobre los campos helados de Iowa (EE.UU.). El piloto, atrapado en la desorientación de la noche, perdió el rumbo y con él se apagaron tres voces que apenas comenzaban a escribir su destino. No hubo supervivientes.
En aquel vuelo viajaban tres músicos que ya eran, cada uno a su manera, promesa y certeza:
Buddy Holly, con apenas 22 años, había dejado tres álbumes que lo consagraban como referente del naciente rock and roll.
Ritchie Valens, un muchacho de 17 años, pionero en cantar rock en español, portador de un futuro que se intuía luminoso.
The Big Bopper (J.P. Richardson), de 28 años, compositor y cantante que ya conocía el sabor del éxito.
Aquel accidente se convirtió en símbolo. En 1972, Don McLean lo inmortalizó en su famosa balada American Pie, llamando a esa fecha “el día que murió la música”. Desde entonces, la memoria colectiva guarda ese instante como un umbral de silencio.
El filósofo alemán Friedrich Nietzsche escribió: “Sin música, la vida sería un error”. Y no puedo sino darle la razón. La música ha sido siempre mi brújula, mi energía, mi manera de tocar lo trágico y lo sublime, lo melancólico y lo gozoso.
La disfruto desde mi adolescencia, y debo confesar que, en más de una ocasión, también a mí se me ha muerto la música: cuando se apagan las voces de aquellos que me acompañaron, que me emocionaron, que me hicieron sentir vivo.
El 8 de diciembre de 1980, frente al edificio Dakota de Nueva York, la voz de John Lennon se apagó para siempre a la edad de 40 años. No quiero recordar el nombre de quien le disparó cinco balazos, porque su sombra no merece ocupar espacio en la memoria. Prefiero quedarme con la luz de aquel barítono ligero, con su rebeldía temprana y su ingenio mordaz, que supo convertir en canciones capaces de atravesar generaciones. Lennon nos enseñó que la música podía ser también un manifiesto de vida. Si quieres escuchar su espíritu, basta con volver a “Imagine”.
Entre mis debilidades musicales está Shannon Hoon, líder de la banda de rock Blind Melon. Murió joven, en 1995, a los 28 años, víctima de una sobredosis y cuando su carrera estaba en pleno vuelo. Su timbre agudo y cristalino era etéreo y desgarrador a la vez, capaz de emocionar con una sinceridad que aún estremece. Su voz siempre será recordada como una de las más singulares de los 90, siendo capaz de transmitir altas dosis de vulnerabilidad. “Soul one” sigue siendo la ventana más pura a su sensibilidad.
El destino también fue cruel con el músico y cantautor californiano Jeff Buckley, quien se dejó llevar por las aguas del río Wolf (afluente del Mississippi) en 1997, cuando sólo tenía 30 años. Su único álbum, Grace, bastó para situarlo para siempre entre los más grandes. Su interpretación del "Hallelujah" de Leonard Cohen no fue sólo una versión (considerada por críticos y público como la más influyente y definitiva entre las más de 300 que existen); fue un rezo íntimo, desgarrador, rotundo. Una maravillosa voz de tenor que se nos escapó demasiado pronto.
Escuchar su “Hallelujah” es sentir cómo la música se convierte en plegaria. Confieso que cada vez que la escucho me cuesta mantener secas mis mejillas y sé que no soy el único.
Años más tarde (2018), la preciosa voz cristalina de Dolores O’Riordan, alma de la banda The Cranberries, se ahogó en la soledad de un hotel londinense. Tenía apenas 46 años. Su mezzosoprano, capaz de transmitir emociones intensas y delicadas, marcó a toda una generación. Con ella aprendimos que la vulnerabilidad podía ser fuerza. La íntima balada “Ode to my family”, cargada de melancolía por los recuerdos infantiles y la vida familiar, es quizá la mejor llave para entrar en su universo.
Y dejo para el final a un artista irrepetible: Mark Lanegan. Tuve la fortuna de asistir en Madrid a cuatro conciertos suyos en los años 1998, 2001, 2010 (mayo) y de nuevo en 2010 (diciembre), éste último concierto, en una gira que hizo con la cantante y compositora estadounidense Isobel Campbell con quien previamente había grabado dos discos.
Debo añadir que en éste último concierto, su voz grave y áspera, enfrentada al susurro delicado de Isobel Campbell, creó un contraste vocal único, como dos fuerzas que se buscan y se equilibran. Cada concierto suyo era un viaje diferente.
Lanegan murió en 2022, víctima de la Covid-19, a la edad de 57 años y cuando su creatividad estaba en plena madurez. Su barítono se apagó, pero su eco permanece. “The circus is leaving town” es una puerta hacia su universo íntimo, a veces sombrío y siempre fascinante.
No olvido a esos músicos inmensos que, con su talento, iluminaron mi vida y que, aunque ya no están entre nosotros, siguen resonando en cada nota que dejaron: Antonio Vega, Cecilia, Chris Cornell, Roy Orbison, George Harrison, Tom Petty o Lou Reed, entre tantos otros, continúan cautivándome con la fuerza de su legado.
No quiero que este relato sea un obituario, ni un lamento por tanto talento prematuramente desaparecido, sino un humilde homenaje y mi profundo agradecimiento a todos ellos por haber hecho de este mundo un lugar más hermoso y por haberme regalado instantes de felicidad que aún me acompañan cada vez que los escucho.



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