HULA HOOP
- Roberto Rey

- hace 3 horas
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(Relatos hilvanados 3)
Tendría unos nueve años de edad, cuando se puso de moda un juguete importado de Estados Unidos llamado Hula Hoop que consistía en un gran aro de plástico rígido que hacíamos girar alrededor de la cintura, las piernas o los brazos. Mi madre nos compró uno de tamaño mediano; mi hermano no mostró interés alguno en él y la que entonces era mi única hermana, tenía apenas tres años por lo que no podía siquiera sujetarlo. Así que el único de nosotros que lo disfrutaba era yo.
Con tiempo y entrenamiento, desarrollé una notable destreza en su uso. Recuerdo que salía a la calle a bailarlo junto con otros niños y la gente se paraba a mirarnos y nos jaleaba lo que me resultaba muy agradable, a pesar de que el machismo imperante de aquella época lo consideraba un pasatiempo de niñas; circunstancia que a mi me daba igual porque lo pasaba bien bailándolo y si además era bueno en ello, al menos destacaba en algo.
Algunos padres organizaban concursos entre los niños y niñas del barrio para ver quien lo bailaba mejor. En una de estas competiciones quedé finalista junto con una niña que me ganó en la prueba final, aunque debo aclarar que su padre era el juez del certamen. No me importó perder contra ella porque me gustó desde que la vi y el hula hoop se alió conmigo para conocerla y comenzar una bonita amistad.
La niña vivía dos portales más allá del mío y, a pesar de ser vecinos cercanos, nunca nos habíamos visto antes. Era morena, delgada, algo más alta que las niñas de su edad, y poseía una sonrisa luminosa en la que se percibía cierta timidez. Tenía unos ojos negros muy expresivos que solían mostrarse alegres y atentos.
Lo mismo que a mi, le gustaban los juegos de movimiento como el rescate, el pañuelo, pídola, tula y similares. Yo siempre la quería tener en mi equipo porque no sólo me gustaba si no que, cuando jugábamos, su timidez desaparecía para dejar paso a un acusado gen competitivo. Además corría más que nadie.
Tenía un hermano pequeño del que me contaba que era caprichoso y egoísta porque sus padres lo tenían demasiado consentido ya que ambos siempre habían querido tener un hijo varón y vertían toda su atención en él. El niño no tenia la culpa ya que ese era el único mundo que conocía pero ese exceso de mimo y agasajo, lo convertían en un mocoso irritante además de tiránico.
Ella (mi nueva amiga) se sentía desplazada en ese pequeño núcleo familiar y cuando me hablaba de ello, no podía evitar que se le escapara alguna lágrima de sus bonitos ojos negros, cosa que a mi me envolvía el alma en una tristeza sin fondo y me generaba un enorme deseo de acogerla entre mis brazos para consolarla pero no tenía el valor de hacerlo; en su lugar, le decía palabras de apoyo mientras trataba de hacerla reír, cosa que no siempre conseguía.
Solía llevar su pelo moreno recogido en una larga trenza de donde el abusón de turno aprovechaba para darle tirones y mortificarla, lo que desataba las risas bobaliconas de la inevitable cohorte de papanatas que suele seguir a ese subgénero de matones.
He conocido abusones de barrio o de patio de colegio y siempre molestan a chicas; o a chicos más débiles, tímidos o más pequeños que ellos y nunca lo hacen solos. Siento una antipatía natural por estos personajes pero por los acólitos que les ríen las gracias, mi sensación es de desprecio.
Cuando hacía buen tiempo, los niños del barrio solíamos jugar en la calle. A media tarde nuestras madres se iban asomando a la ventana y a voz en grito nos conminaban a subir a nuestras respectivas casas para tomar la merienda, cosa que hacíamos a la carrera, agarrábamos el bocadillo de queso, embutido o de aceite y azúcar que nuestra madre nos había preparado y salíamos corriendo a la calle de nuevo, alcanzando a oír poco antes de cerrar la puerta de golpe la sempiterna frase de: ¡no des portazos...!
Nada mas salir a la calle iba en busca de mis amigos para jugar o simplemente para estar con ellos. Mis amigos eran una parte vital en mi vida. Compartíamos confidencias, me hacían reír, me escuchaban. En definitiva, nos divertíamos juntos y me hacían sentir importante. También percibía ese vínculo inquebrantable que se forma en toda pandilla de niños y que estábamos convencidos de que duraría para siempre.
Una tarde de primavera estábamos jugando en la calle y dando un salto inverosímil me caí, traté de amortiguar el golpe apoyando el brazo izquierdo en el suelo con la mala suerte de caer con el peso de mi cuerpo sobre él, doblándose de manera antinatural lo que me produjo un dolor lacerante.
Fui llorando a casa y mi madre, asustada, me llevó inmediatamente a un ambulatorio que había en la calle Doctor Esquerdo, no muy lejos de allí. El médico de urgencia que me atendió dijo que no había rotura en el brazo. Sólo una luxación. Me untó una pomada antiinflamatoria, vendó el antebrazo y me dio un calmante para el dolor.
Saliendo del ambulatorio y animado porque el calmante y la pomada estaban cumpliendo con su cometido, me solté de la mano de mi madre, comencé a correr y volví a caerme con tan mala fortuna que la peor parte se la llevó, nuevamente, el brazo motivo de nuestra visita a urgencias. Si el dolor que sentí en la primera caída me pareció insoportable, éste lo superaba. Mi madre acudió corriendo a lo que yo creí que iba a ser socorrerme pero lejos de esa intención comenzó a pegarme al grito de ¡me vas a matar a disgustos! ¿Es que no puedes caminar como las personas normales...?
Mi pobre madre, hecha un manojo de nervios, y con cierta sensación de vergüenza, me llevó de nuevo al médico quien certificó que esa vez sí había fractura ya que me había roto el cúbito. Escayola y reposo.
Pasado el tiempo y rememorando tan luctuoso suceso, mi madre contaba que el médico con sorna me dijo: - vaya, no has parado hasta conseguir romperlo, ¡qué chaval más pertinaz!
Naturalmente yo no recuerdo tan sarcástico comentario ya que entre el dolor del brazo y la paliza recibida estaba aullando presa del dolor y la rabia.
Hay que señalar que en aquella época era habitual que los padres propinaran algún cachete a sus hijos y a decir verdad, comprendo a mi querida madre en su difícil tarea de lidiar con un hijo tan hiperactivo como yo.
A propósito de madres, entre los amigos, de vez en cuando comentábamos aquellas cosas que ellas nos prohibían. En mi caso, mi madre siempre se mostró preocupada porque sus vástagos tuviéramos buenos modales en la mesa y nos regañaba cuando sorbíamos ruidosamente la sopa, hablábamos con la boca llena, apoyábamos los codos en la mesa con una postura desgarbada, o comíamos con la espalda apoyada demasiado atrás en la silla, dejando caer migas y otros restos de comida en el regazo, la silla o en el suelo.
Naturalmente, nuestra madre impartía ese magisterio en nuestra casa, porque cuando comíamos en casas ajenas, o eventualmente en algún restaurante, y cometíamos algún desliz, nos echaba una mirada fulminante y hasta creíamos percibir que sus ojos destellaban, lo que nos dejaba paralizados de terror mientras tratábamos de discernir qué y quién lo estaba haciendo mal, con el afán de corregirlo inmediatamente.
Uno de los chicos de la pandilla nos contó que su madre también le prohibía ciertas cosas pero que la peor de todas era que cuando llegaba el buen tiempo y antes de salir de casa, siempre bien vestidito con su camisa blanca recién planchada, su madre le decía ¡Evarines, no sudes!, por lo que el pobre chaval no corría, no saltaba ni hacía la cabra montesa como todos nosotros; sino que solía quedarse muy quieto por no defraudar a su madre.
También nos pedía muy serio que le llamáramos por su nombre ya que se sentía avergonzado por el ignominioso diminutivo con el que lo llamaban en su casa. Su verdadero nombre era Evaristo como su padre y como su abuelo, -un anciano alto y delgado, que vivía con ellos y cuya prestancia imponía respeto-. A todos ellos les precedía una larga estirpe de Evaristos por lo que nuestro amigo se sentía muy orgulloso de tener su mismo nombre y así continuar la saga. Siempre nos decía que cuando tuviera hijos, el primogénito llevaría su mismo nombre y nunca lo llamaría Evarines...
Desde que conocí a mi nueva amiga, salir a la calle dejó de ser simplemente una rutina: se convirtió en una pequeña aventura cargada de esperanza. Mis ojos la buscaban entre los rostros del barrio, y si no la encontraban, una sombra leve se posaba en mi ánimo. Pero si aparecía, algo mágico sucedía: una corriente dulce y cálida me recorría la espalda, como si mil mariposas se despertaran dentro de mí y echaran a volar. Mi cabeza se volvía ligera, como si estuviera flotando sobre una nube esponjosa que me llevaba lejos, muy lejos, sin moverme del sitio.
A los nueve años, el mundo es sencillo y profundo a la vez: lo conforman la familia, los amigos, los juegos y la casa que nos cobija. Todo eso colma el corazón de un niño cuando tiene la suerte de crecer entre abrazos y palabras sensatas. Pero a veces, sin previo aviso, ese corazón se expande, como si descubriera que hay más espacio del que imaginaba.
Algunas civilizaciones antiguas creían que el corazón era el hogar de las emociones, el lugar donde se guardaban los sentimientos más puros. Y aunque la ciencia nos enseña que el cerebro tiene miles de millones de neuronas, yo sigo creyendo que el corazón, -con sus apenas cuarenta mil neuronas-, tiene algo que el cerebro no tiene: la capacidad de sentir sin comprender, de recordar sin palabras, de amar sin lógica.
No sé si a los nueve años uno puede enamorarse, pero estoy seguro de que lo que empezaba a nacer en mí se le parecía mucho. Y en mi pequeño corazón, que hasta entonces solo conocía el amor familiar, ella encontró un rincón especial, como un asiento reservado en primera fila, donde podía quedarse sin pedir permiso.
Sin embargo, cada vez que el tirano del barrio se ensañaba con su trenza, burlándose con esa crueldad que sólo los niños grandes saben ejercer, yo me quedaba paralizado, atrapado en mi propia insignificancia. Él era más alto, más fuerte, y yo apenas un temblor frente a su estruendo. Me dolía no poder alzar la voz, no tener el coraje de interponerme entre la niña y su verdugo. Ella, valiente como pocas, con fuego en sus bonitos ojos, se plantaba ante él con la dignidad intacta, hasta que lograba que la dejara en paz. Y yo, mientras tanto, me odiaba en silencio, con esa rabia que nace cuando uno se sabe apocado frente a lo que más ama y no ser digno de su lucha.
En aquel tiempo, estaban de moda unos combates a pedradas que llamábamos dreas en los que nunca competíamos entre nosotros, sino contra chicos de otros barrios. En especial contra unos que aparecían por allí de vez en cuando y que llamábamos los chicos de la Avenida, aunque nunca supe el por qué de ese nombre.
En esos combates a pedradas existían varias normas no escritas que eran escrupulosamente respetadas: la primera era que las chicas no podían participar, la segunda era que si alguien resultaba herido o descalabrado se terminaba el combate para avisar a los padres del desdichado, y la tercera era que las piedras que utilizábamos tenían que caber en nuestra pequeña mano cerrada.
Solíamos entrenar el noble deporte del lanzamiento de piedras en un descampado que había no muy lejos del barrio, que llamábamos “Campo Campana”, situado donde hoy se levanta Torrespaña. Dicho descampado tenía una extensión enorme a la que acudían las parejas por las noches para su mejor solaz y que los chicos del barrio utilizábamos de día para jugar al fútbol.
Estos partidos de fútbol solían durar poco dado que continuamente discutíamos a gritos entre nosotros porque cada equipo interpretaba las reglas a su mejor conveniencia, por lo que nunca nos poníamos de acuerdo en su aplicación. Naturalmente, la figura de un árbitro era inexistente.
Una vez terminado el partido casi siempre de manera abrupta, afinábamos nuestra puntería en el lanzamiento de piedras tirándolas contra botellas o latas que encontrábamos por allí, o contra todo bicho viviente que viéramos deambulando, ya fueran lagartijas, gatos o perros callejeros aunque éstos últimos, -resabiados a fuerza de golpes-, cada vez que percibían el ademán de agacharse para coger una piedra del suelo de cualquiera de nosotros, salían corriendo como alma que lleva el diablo.
Frente a mi casa, se aparcaban carromatos tirados por asnos con los que hacían portes. Los propietarios de dichos carromatos eran de etnia gitana y todos los días aparcaban ahí su medio de vida, a la espera de que se les acercaran los potenciales clientes para contratar algún traslado de enseres, objetos pesados o eventualmente alguna mudanza.
Nosotros, los chicos del barrio, también practicábamos la puntería, al mismo tiempo que satisfacíamos nuestra perversidad infantil, lanzando pequeñas piedras (que llamábamos chinas) contra la parte más sensible de estos pobres animales que colgaba ostensiblemente, apuntando al suelo. Estos asnos, uncidos a un carromato, permanecían ociosos la mayor parte del día. Naturalmente, esto lo hacíamos cuando los propietarios de los mismos se encontraban en un bar cercano o charlando, mientras dejaban su industria sin vigilancia.
En el momento en que alguno de nosotros acertaba a impactar en el objetivo, éste, (el miembro del pobre animal), daba un respingo y se encogía hacia la parte superior de su anatomía, desapareciendo con gran celeridad de nuestra vista; lo que desataba nuestros gritos de júbilo. Lo malo es que esto iba acompañado de un brutal rebuzno que emitía el pobre bicho dolorido en su parte más noble, y seguramente también en su orgullo.
Esto, ponía en alerta a sus propietarios que regresaban corriendo a sus caballerías, profiriendo blasfemias así como insultos dirigidos hacia nuestros progenitores, mientras nos veían huir a toda prisa entre risas a pesar del miedo que teníamos.
Un día organizamos una drea contra los chicos de la Avenida. Nosotros nos habíamos parapetado detrás de unos escombros de ladrillo que había por allí ya que estaban demoliendo un edificio cercano. Nuestros enemigos aparecían y desaparecían detrás de los pocos coches que en aquella época había aparcados en las inmediaciones.
Mi bando había formado dos líneas de ataque, una detrás de la otra, ya que eramos demasiados para formar una sola fila. Yo me encontraba en la primera línea de fuego porque era ágil y buen lanzador, y ambas destrezas estaban reconocidas por todos. Curiosamente ese día, por la razón que fuera, detrás de mi se encontraba el abusón del barrio quien no era especialmente hábil en el noble arte del lanzamiento de guijarros.
La batalla dio comienzo y una lluvia de cantos comenzó a volar en ambas direcciones. De vez en cuando se oía el impacto de alguno de ellos en la carrocería de un coche y también se escuchaba claramente algún ¡ay!, seguido de una palabrota en nuestras filas o en las de enfrente, pero sin mayores consecuencias.
De repente, una piedra codiciosa de rasgar carne se dirigió directamente hacia mi aunque conseguí verla de reojo. Todavía no puedo explicar qué reflejo sobrehumano me permitió hurtarle mi cara, pero recuerdo que cuando pasó rozándome la frente, sentí el aire en su trayectoria. Inmediatamente escuché un chasquido detrás de mi seguido de un alarido de dolor, proferido por el abusón a quien la piedra había impactado en un ojo, ya que no pudo evitarla porque mi cabeza impidió que la viera llegar.
Naturalmente se puso fin a la contienda ya que el ojo del chico sangraba profusamente y sus gritos se oían con claridad en las filas enemigas, donde se produjo una dispersión inmediata por lo que nunca supimos quien había sido el certero tirador.
A causa de la pedrada, al chaval tuvieron que vaciarle el ojo lo que le causó una profunda depresión de la que tardó tiempo en recuperarse. El accidente tuvo como consecuencia que renunciara para siempre a su tendencia al abuso. El ver por un sólo ojo le provocó una importante merma de autoconfianza que su ego insano no supo digerir.
Esto trajo consigo, como no podía ser de otra manera, el abandono por parte de sus otrora fieles seguidores. Aquel día entendí que los reflejos salvan la piel (o el ojo), pero los actos fortuitos también pueden cambiar destinos.
La vida siguió en el barrio de manera más plácida para mi ya que nadie volvió a tirar de la trenza a mi querida amiga quien aliviada y como si me leyera el pensamiento (cosa que seguramente hacía), me regalaba una mirada especial.
Llegado el verano, el curso académico terminó y la gente se fue de vacaciones. Los pocos que podían permitírselo se fueron a la playa, aunque la mayoría se fueron a lo que llamaban la casa del pueblo que no era otra que la casa donde vivían los abuelos de los chicos del barrio.
Mi familia no tenía “casa del pueblo” ni dinero para pagar unas vacaciones en la playa pero teníamos a donde ir en verano. Un chalet en una urbanización de lujo a doce kilómetros de Madrid, que pertenecía al jefe de mi padre. Sin saberlo, ese verano en el chalet marcaría el inicio de otro tipo de vivencias.



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