La vejez a mi manera
- Roberto Rey

- hace 2 días
- 6 Min. de lectura
(o el arte de hacerse mayor sin prisa)
(Relatos hilvanados 6)
It's so hard to get old without a cause
—De la canción de 1984 “Forever young” de Alphaville.
El actor y cantante Maurice Chevalier (1888 – 1972) dejó un legado de frases inspiradoras que reflejaban su experiencia y sabiduría. Una de las más conocidas fue: La vejez no es tan mala si tenemos en cuenta la alternativa.
A mi provecta edad he decidido darle la razón, no porque me falte espíritu crítico, sino porque la alternativa, francamente, no me seduce. Además, he descubierto que envejecer tiene sus ventajas: por ejemplo, ahora puedo olvidar cosas sin sentirme culpable. Antes era despiste; ahora es coherencia narrativa.
Con los años he aprendido que el cuerpo protesta más que unos sindicalistas en huelga, pero también que uno desarrolla cierta habilidad para reírse de sí mismo. Y eso, creedme, es un superpoder. Cuando me agacho y suena algo —no sé si mi rodilla o la madera del suelo— ya no me alarmo. Simplemente saludo al ruido como a un viejo amigo que aparece sin avisar.
Lo que nadie me advirtió es que, al cumplir cierta edad, recibes una especie de manual de instrucciones para vivir una vejez plena o al menos para sobrevivirla. No sé quién lo redacta —si un comité de médicos perversos, entrenadores personales con vocación de torturadores o monjes tibetanos con algo por resolver—, pero cada año lo actualizan y lo hacen más largo. Al final, un día normal de un abuelo se convierte en una gincana olímpica.
Según dicho manual, para ser un anciano “activo, saludable y feliz” debo caminar diez mil pasos, hacer pilates, nadar, estudiar un idioma, leer, socializar, meditar, beber dos litros de agua, dormir ocho horas, comer sano, fortalecer los músculos, estimular la memoria, cuidar la postura, hidratar la piel y, por supuesto, sonreír mucho. ¡Y todo esto a diario!
Yo, que siempre fui de cumplir, me puse a hacer cálculos. Si quiero caminar mis pasos, necesito una hora. Si voy a pilates, otra. Si además nado, súmale una más. Luego está el idioma: media hora de francés... o de chino mandarín, que parece que rejuvenece más. Después toca leer, hacer sudokus, ver a los amigos, cocinar sano, meditar, beber agua (y luego ir al baño a menudo, que también lleva su tiempo...), y acostarme temprano para dormir mis ocho horas reglamentarias.
Cuando terminé la lista, me di cuenta de que para cumplir con todas las recomendaciones necesitaría que el día tuviera 36 horas. Y aun así iría justo. A este paso, la vejez va a ser la etapa más ocupada de mi vida. ¡Quién me iba a decir que jubilarse era como apuntarse a una oposición para inmortal!
El escritor, y premio Nobel, ruso Aleksandr Solzhenitsyn (1918 – 2008), escribió un espléndido libro titulado Un día en la vida de Iván Denisóvich, en el que narra la terrible realidad de la lucha por la supervivencia de un prisionero en el gulag. Nada más lejos de mi intención que comparar un día de un preso en el gulag con el de un jubilado moderno pero puedo asegurar que he encontrado algunas similitudes. A ver si soy capaz de describir un día de mi vida intentando cumplir con todas las sugerencias que recibo para mantenerme activo, sano y, si es posible, vivo:
UN DÍA EN LA VIDA DE UN ANCIANO ACTUAL. Manual de supervivencia.
07:00 – El despertar heroico
Suena el despertador. Me incorporo con la elegancia de un acordeón viejo abriéndose por primera vez en meses. Hoy sí —me digo cargado de ánimo—. ¡Hoy cumplo todo!
Me pongo las zapatillas, que misteriosamente están en dos habitaciones distintas. Primer ejercicio del día: búsqueda del tesoro con flexiones y estiramientos incorporados.
07:30 – Los 10.000 pasos… o algo parecido
Salgo a caminar. A los cinco minutos me doy cuenta de que he olvidado el reloj que cuenta los pasos. Vuelvo. A los diez minutos, descubro que he olvidado la cinta para el sudor de la frente (aunque sinceramente solo me la pongo para parecer más joven...). Vuelvo. A los quince, que he olvidado cerrar la puerta. Vuelvo. Cuando por fin empiezo a caminar de verdad, ya llevo 3.000 pasos… pero todos dentro de casa. No sé si cuentan, pero decido que sí, porque si no, no acabo hoy.
09:00 – Pilates (nivel: supervivencia)
Llego a la clase. La monitora sonríe con esa sonrisa que solo tienen los jóvenes que aún no han conocido el lumbago. —Vamos a estirar— dice. Yo estiro… pero no sé qué. Algo cruje. No sé si mi espalda o la esterilla. Harpo Marx estaría orgulloso: he producido un sonido cómico sin mover la boca.
En un momento dado, la monitora dice: —Ahora, respiramos profundamente—. Y yo pienso: ¿antes no estaba respirando? Me entra la risa. Me mira todo el grupo, compuesto en su mayoría por mujeres. Me río más. Al final respiramos todos, pero por pura carcajada.
10:30 – Hidratación y sus consecuencias
Me acuerdo de que debo beber dos litros de agua al día. Bebo un vaso. Luego otro. Luego otro. A los diez minutos, estoy buscando un cuarto de baño con un frenesí similar a una escena de persecución de “Fast & Furious”: abro puertas, cierro puertas, entro en un cuarto de limpieza, saludo a un señor con bigote que no conozco, que me mira serio y no contesta, ¿será un maniquí?, salgo corriendo. Finalmente encuentro el baño. Me siento merecedor de una medalla olímpica.
11:00 – Estimulación cognitiva
Me siento a hacer un sudoku. Nivel “fácil”. A los cinco minutos, estoy convencido de que el sudoku está mal hecho. A los diez, sospecho que quizá soy yo. A los quince, decido que esto también cuenta como ejercicio de paciencia, que seguro que incluirán en la próxima edición del dichoso manual.
12:00 – Estudiar un idioma
Pongo un vídeo de francés para principiantes. La profesora dice: —Bonjour. Yo respondo: —Bon… bon… bonísimo sería un café ahora. A los tres minutos estoy dormido. No sé si cuenta como aprendizaje por ósmosis.
14:00 – Comer sano
Me preparo una ensalada. Le pongo lechuga, tomate, atún, aceitunas… y luego recuerdo que recomiendan evitar la sal. La pruebo. Sabe a castigo medieval. Le echo un poquito de sal, solo un poquito. Bueno, un poquito más. Al final sabe a ensalada normal y corriente, que es lo que quería desde el principio.
16:00 – Vida social activa
Llamo a un amigo para cumplir con la recomendación de “mantener relaciones sociales”.
—¿Qué haces?— me pregunta.
—Cumpliendo recomendaciones— respondo.
—¿Y cómo vas?— Fatal.
Nos reímos los dos.
¿Cuenta como terapia emocional?
18:00 – Meditación
Me siento en el sillón, cierro los ojos, respiro hondo hinchando el vientre… Y me duermo. Cuando despierto, me siento renovado. Técnicamente, eso no es meditar, pero el resultado es estupendo.
20:00 – Reflexión final del día
Me siento en la terraza para ver caer la tarde. No aparece en ninguna lista de recomendaciones, pero debería. Es un ejercicio perfecto para el alma.
Mientras el cielo se pinta de naranja, pienso en todo lo que he hecho hoy. No he cumplido ni la mitad de las recomendaciones (de repente me percato con cierta ansiedad de que me falta por comer la tercera pieza de fruta del día, pero decido permanecer sentado).
En resumen; he reído, he caminado, he hablado con un amigo, he dormido una siesta gloriosa y he sobrevivido a las clases de pilates. Para mí, eso es un día excelente.
Y entonces, sin saber por qué, me sale una sonrisa. Una de esas que no se fuerzan, que simplemente aparecen. Quizá la vejez no sea tan mala. Quizá, incluso, tenga su encanto. Y si mañana no cumplo con todas las recomendaciones… siempre puedo decir que estoy practicando la más importante de todas: vivir a mi ritmo.
A veces pienso que, si realmente hiciera todo lo que recomiendan, no tendría tiempo para lo más importante: vivir. O, al menos, sentarme un rato a mirar cómo pasa el tiempo, que es un placer que no aparece en ningún manual, pero que debería contar como ejercicio de alta intensidad emocional.
Y mientras la noche avanza despacio, me descubro agradeciendo cada pequeño gesto del día: el ruido de mis huesos, la risa inesperada, la siesta que llegó sin pedir permiso, incluso las recomendaciones imposibles que nunca cumplo del todo pero que me recuerdan —a su manera— que sigo en movimiento.
A mi edad he aprendido que la vida no se mide en pasos, ni en litros de agua, ni en horas de sueño, sino en abrazos, en sonrisas, en palabras amables, en la cercanía de los que amas y en el recuerdo sereno de quienes ya no están pero siguen viviendo en algún rincón del corazón. Esos momentos, por pequeños que parezcan, aún me sorprenden.
Y si mañana vuelvo a olvidar algo —una cita, una fruta, un estiramiento— no será un fallo, sino la prueba de que sigo aquí, viviendo a mi ritmo, sin prisa y con la serenidad de quien sabe que cada día, por imperfecto que sea, sigue siendo un regalo.
Porque, al final, envejecer no es una carrera ni un examen. Es un arte. Y yo, modestamente, estoy aprendiendo a practicarlo: con humor, con ternura y, sobre todo, con la alegría tranquila de quien sabe que la vida, incluso con sus crujidos, sigue siendo hermosa.




Comentarios