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Esquina de mi adolescencia.

El refugio creador de sueños que detuvo el tiempo.


Las esquinas son geográficamente puntos de referencia y tal vez puntos de encuentros o de partidas. Son icónicas las típicas de los colegios. Allí cada tanto, los varones limpian a puñetazos su honor herido en sus horas de clase.

Finalizadas las disputas, esas esquinas suelen cobijar a muchachos con narices ensangrentadas, que se abrazan envueltos en risas resonantes.

También están las que son testigos mudos de momentos inolvidables. Hoy mis recuerdos me llevan a mi Buenos Aires querido. A la esquina de mi adolescencia de la calle Agüero y avenida Las Heras.

Allí se comía la pizza más rica del mundo y se tomaba la Cola-Cola más burbujeante. Era el lugar más alegre, porque allí era el encuentro con mis amigos. La entrada principal era por la ochava, donde arriba lucía el gran cartel: “El Chocón”.

Cuando entre mis amigos alguno decía: “Vamos al Chocón”, era decir vamos a nuestro segundo hogar, porque hasta sus paredes nos reconocían.

Con el tiempo, descubrimos que lo que hacía especial al lugar era Tato, el mozo que siempre nos atendió.

En época donde los teléfonos celulares eran inimaginables, creíamos siempre que alguno de nosotros estaría en todo momento en El Chocón. De no ser así, Tato tendría la información precisa de donde estaba cada uno. Él nos quería, nos cuidaba y nos esperaba.

Al final de la noche cuando estaba a punto de cerrar, como regalo esperado, llegaban a nuestra mesa las últimas porciones de muzzarela; esas que Tato nos había reservado.

Él andaría entre los 40 y 42 años de edad, en esa época para nosotros casi un anciano. Le solíamos decir: “Sos un viejito copado”, lo que tomaba con muy buen humor, respondiendo siempre: “Changuitos atrevidos, veremos como llegan ustedes”, lo que despertaba la carcajada general.

Dependiendo de la ocasión, podía ser nuestro confesor; nuestro maestro de vida; o quien daba información calificada de esa vecinita que nos gustaba.

Pero el tiempo es implacable y nos castiga haciéndonos crecer, cambiar las voces y hasta nos sacó esos granos que sangraban con las primeras rasuradas.

Esos granos eran hasta ofensivos y que Roberto -a quien llamábamos Tanque- odiaba cuando le deciamos: “Te sale un grano más y te recibís de choclo”.

Tato no se prendía en las cargadas, al contrario, salía siempre en defensa de quien en ese momento era el blanco de las burlas.

Un día entramos al Chocón y Tato no estaba, preguntamos a Ricardo (el de la caja) quien nos dijo que se había ido de urgencia a Tucumán porque su mamá y papá habían muerto al incendiarse el ranchito donde vivian. Estaban con 7 de sus hijos. Pudieron salvarlos a todos, pero ellos ahí quedaron.

Tato, como el mayor de los hermanos volvió a su pueblo a cuidarlos. Sabíamos que Tato no volvería. Aprendimos que la vida nos sorprende con giros inesperados, muchas veces dolorosos.

Ahí nos dimos cuenta de que Tato conocía todo de nosotros y nosotros nada de él. Nos alcanzaba saber que estaría esperándonos en El Chocón. Que estaría siempre sonriendo y con tonada provinciana dejaría escapar sus graciosas ocurrencias al pasar, bandeja en mano, junto a nuestra mesa.

Llegó otro mozo, pero El Chocón no volvió a ser el mismo.

No recuerdo cómo, ni cuándo fue que los muchachos crecimos, nos graduamos, nos mudamos, nos casamos, tuvimos hijos. Pero si el destino nos vuelve a juntar, seguramente pasaremos por la esquina de la calle Agüero y avenida Las Heras, añorando escuchar una voz con tonada provinciana recién llegada de Tucumán diciendo: “¡Hola changuitos! ¿Cómo anda hoy la banda de hermanos?

 
 
 

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